Tony Pérez.

Hace un tiempo viajé a San Juan, Puerto Rico, y cuando hacía el papeleo de entrada, una oficial de Migración del aeropuerto Luis Muñoz Marín, me mandó a sacar de la fila con un mastodonte que, como por arte de magia, había aparecido a mi lado.

Él, camisa azul cielo y pantalón oscuro, sin mediar palabras, con mi pasaporte visado en su mano derecha, me llevó hasta una oficina distante a unos 50 metros, ordenó esperar sentado en una silla y se marchó. En la sala, personas de otras nacionalidades estaban en las mismas y lucían intranquilas. La vigilancia era discreta.

Tras cuarenta y cinco minutos de espera y reclamos de los afectados, el oficial volvió. Con mi documento a mano, cortante, ordenó levantarme y arremangarme la camisa; preguntó si medía más o menos seis pies de estatura y si tenía tatuajes en los brazos… Al final, me devolvió el pasaporte y dijo: ¡Váyase!

“Señor”  --le increpé cuando se marchaba--, ¿podría decirme la razón por la cual ustedes han hecho esto?

Con actitud recia y desprecio olímpico, respondió: “Aquí todo el que llega es extranjero hasta que nosotros consideremos lo contrario”

Durante un par de días en la isla caribeña, confirmé que tal escena de acoso no era aislada y que abundan los estigmas contra “los indocumentados”, más si son dominicanos. Migración anda cazándolos por doquier y tirándolos como basura en camiones-celda.

¡AHÍ SI FUE!

Otro día regresaba a Santo Domingo de un país asiático, vía Nueva York, y cometí una “campesinada” que jamás olvidaré por lo costosa. Cuando yo iba a la fila para revisión de pasaporte, una oficial de la Migra –boricua para más señas--  ordenó que me investigaran hasta las uñas porque yo había accedido a un llamado de un joven dominicano para que me acercara al área contigua donde él estaba sentado junto a un grupo. La única explicación a mi reclamo: “No debías ir, son ilegales y están para deportación”. Con temperatura 20 grados Celsius bajo cero y una nevada que tenía a la ciudad en jaque, perdí el vuelo de enlace previamente contratado por Japan Airlines. Minutos después, todas las pistas del aeropuerto Kennedy fueron cerradas por el exceso de hielo. Pude salir al día siguiente bajo precarias condiciones gracias a gestiones del personal de la línea aérea japonesa.

En otra fecha, vi cómo una joven acomodada, que viajó Miami a comprar bisuterías, “la metieron al cuarto oscuro” y, cuando la sacaron, ella, llorando de rabia, contó: “Un grandulón me ultrajó, me maltrató”.

La agencia de prensa EFE (de España) acaba de informar al mundo que “el Gobierno de EE.UU. gastó en 2012 cerca de un 24 % más en las agencias que velan por el cumplimiento de las leyes migratorias y la vigilancia fronteriza que en el resto de organismos federales encargados de combatir el crimen, según un informe divulgado hoy por el Instituto de Política Migratoria (MIP)”.

Eso significa la “friolera” de 18 mil millones de dólares; o sea, 720 mil millones de pesos, 200 mil millones de pesos más que el Presupuesto de la República Dominicana para este 2013 (520 mil MM).

Estados Unidos no juega con sus fronteras. Pero tampoco España, ni Rusia, ni China, ni Cuba… Tampoco Haití.

Esos países deciden quién debe entrar o no a su territorio y quién ni siquiera debe acercarse a sus fronteras, aunque sea un santo. Ellos definen el perfil en función de su realidad. Y pueden ser solidarios con otros pueblos siempre que ello no arriesgue su existencia. Son tantos sus celos que hasta pecan de excesos. Aun así, nadie se mete con la Migra.

¿Y ESE RELAJO?

A la luz de lo que pasa en el mundo de hoy, la turba de haitianos y haitianas apostada en la frontera con la provincia Dajabón reclamando entrada a nuestro país parece una comedia de mal gusto que nadie debería celebrar. Ni siquiera las autoridades haitianas. Porque lo único que provoca es alteración en las relaciones dominico-haitianas. Y eso debe de tenerlo presente el orientador de la inusual protesta, padre Regino Martínez.

Jamás he visto cosa igual. Ni me imagino a un montón de dominicanos agolpados frente al consulado o la embajada de EE.UU. reclamando visa porque aquí la crisis nos tiene de vuelta y media. Ni me imagino a un grupo de deportados tras pulgar penas por delitos graves, exigiendo de manera compulsiva el regreso al país ajeno porque ya no se adapta a nuestra cotidianidad.

Nací y me crie en una provincia fronteriza (Pedernales), y no tengo ni pizca de animadversión contra el pueblo haitiano. Todo lo contrario. Tenemos, sin embargo, que respetarnos si queremos la convivencia. Este país no debe ser un relajo. Ni de Haití ni de nadie. He visto siempre que cualquier Juan de los Palotes extranjero se muda para acá y vive sin ninguna vigilancia. Y eso es grave cuando vivimos en un mundo tan convulso, con la criminalidad y las mafias globalizadas.

Hay que decirlo de una vez: vivimos en un caos peligroso en términos migratorios. Un desorden que ha sido montado durante décadas, sobre todo, por empresarios de la construcción y la producción agrícola con el aval irresponsable de ambos Estados. Pero que ahora debemos parar en seco aunque nos duela, si queremos devolvernos de la anarquía y reconstruir nuestra vieja tranquilidad. ¿Estamos?

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