Tony Pérez.

Un chiste corrió de boca en boca en el Pedernales de principio de la década de 1990.

Era como una catarsis para no morir de impotencia ante una mafia visionaria que, desenfrenada, se apropiaba de cuanto terreno oliera a negocio en el territorio de la provincia.

Contaban los “tígueres” del pueblo que un par de señores se montó en un helicóptero con un alemán, a quien, desde el aire, le mostró las mil y una maravillas que le representarían miles de millones de dólares y euros en beneficios, si accedía a la propuesta de venta. Y relataban, con el humor dominicano activado al máximo, que los anfitriones terminaron vendiéndole la provincia entera… con todo y habitantes.

La hilarante caricatura representada en el relato popular no estaba lejos de la realidad. Cuando la comisión de tres funcionarios de alto nivel, hace una semana salió en Palacio a explicar a la prensa el “acuerdo transaccional” con los “titulados” de las tierras turísticas (Poder 7, del 15/1/13), la advertencia más frecuente en sus discursos fue: “No se tocará Bahía de las Águilas; no se tocará ni un solo metro del parque Jaragua ni de las áreas protegidas”.

Cierto. No tocarían ni un metro. A 300 kilómetros del escenario palaciego donde anunciaban “la buena nueva”, hacia el suroeste, la angurria se lo había engullido todo (y no solo las de vocación turística) con la complicidad de las autoridades estatales durante por lo menos tres gobiernos. Nada ha quedado desde la frontera con Enriquillo, municipio de Barahona, al este, hasta la frontera con Haití. Desde el mar Caribe, en el sur, hasta la misma corona de la sierra Baoruco, al norte. El fraude carece de parangón. Suerte que el Presidente Medina ha desestimado el acuerdo de nombre exótico que en la víspera el mismo Gobierno había anunciado como panacea a la pobreza sempiterna de la zona.

Los chistes en torno a las apropiaciones de las tierras de la provincia no están ausentes en las tertulias de los pedernalenses. Igual que la amargura de ver cómo les arrancan su presente y futuro de las manos con el contubernio de quienes están para protegerles.

ENTRE HIPÓCRITAS NO TE VEAS

En ese vaivén entre bromas de sobrevivencia y abusos de poder, verdades, medias verdades y mentiras gigantes flotan en todos los rincones de aquel territorio en la dirección de justificar el chanchullo.

Es verdad que Pedernales es una provincia pobre, con insuficiente agua potable, precaria salud, limitada educación y creciente desempleo. Sobre todo porque algunos políticos se han encargado de crear arrabales con familias trasladadas de otras comunidades del país para garantizarse victorias electorales. Pero es mentira que sea una especie de Congo en la República Dominicana. Mentira que sea una comunidad de zombis, miserables sin dignidad que deambulan por las calles con las bocas secas, llenas de moscas, a causa del hambre. Mentira que sea la provincia más pobre del país.

Es verdad que mujeres y hombres pedernalenses han emigrado a la capital y zonas turísticas del Este y el Norte, para trabajar debido a la escasez de oportunidades en su pueblo. Pero es una mentira monumental que esta sea condición exclusiva de esa gente y que esto sea nuevo, porque tal movimiento migratorio lo crea el  modelo cruel que concentra todo en las grandes ciudades y abandona a su suerte a las periferias.

Durante los años 70 y principio de los ochenta, muchos ciudadanos de todas las regiones de la República se mudaron a Pedernales para trabajar en la minera gringa Alcoa Exploration Company (explotación y exportación de bauxita). Cierto que las condiciones de empleos eran mejores, pero, ante la carencia de voluntad del Estado y la indolencia e incapacidad de nuestras autoridades, la provincia siguió en las mismas: jodida.

Es verdad que a este pueblo le urge una revolución económica y se sabe de sobra que el turismo sería una vía de empuje, si no lo montan sobre una zapata purulenta. Pero es mentira que sea la única. Como es una gran mentira que a políticos les interese que la comunidad se empodere y resuelva sus dificultades económicas, de salud, educación, drogas, delincuencia. Sería más difícil comprar el voto a razón de 500 pesos, una botella de ron y un allante, cada cuatro años, en aquel pueblo pequeño donde todos se conocen.

Es verdad que opinantes de todos los colores han rechazado el tollo del siglo. Pero es una gran mentira que todos los críticos a tal aberración obedezcan a estrategias de turpenes del turismo del Este y del norte que habrían pagado millones de pesos, dólares y euros. Una gran mentira también que todos sean sembradores de odio, adversos al Gobierno, y que les interese un bledo desarrollo del sur.

Es verdad que la desestimación del acuerdo de marras ha desanimado a mucha gente allí. Ha golpeado duro a quienes ya se frotaban las manos y estaban listos para brindar. Y ha desesperanzado, quizá mucho, a un segmento importante de la población buena que, presa de la ignorancia, sucumbió a las redes de los encantadores de sierpes. Pero es una mentira tan grande como la mafia el elemento de agitación e instigación utilizado por personas vinculadas al mismo gobierno u otras oportunistas de la oposición, airear en los medios que la decisión del Presidente retrasará por 50 ó 100 años el desarrollo de Pedernales, y que los comunitarios tendrán que aguantar a partir de ahora por no levantarse a su favor. Ese es un vulgar chantaje, un acto desleal imperdonable.

PALOMAS TIRAN A ESCOPETAS

El fuego de la displicencia arreciará tras la histórica desestimación de lo que sería una transacción bochornosa. La labor de zapa de las iniciativas gubernamentales será más precisa y sistemática. El paso de la tortuga recobrará nuevos bríos por esta frontera. Un tsunami de chantajes y culpas viene en camino. Las aves carroñeras lucen hambrientas; están desesperadas y quieren atacar. El esfuerzo será grande para hallar una razón celestial al despropósito. Los principales actores representan su defensa desde la simulación y la sombra, enmascarados en el discurso de “profundo amor por el pueblo” y el desprecio a quienes en la coyuntura les adversan.

El Presidente no debería detener ni por un segundo sus planes con Pedernales. Debe pasarle por encima al caciquismo y a las amenazas veladas. Desafiar el panorama sombrío que le han diseñado los pájaros de mal agüero que volaron desde la Bahía y ahora planean en el espacio aéreo de la provincia completa. El escándalo bochornoso podría ser para él una gran oportunidad. Tirar la toalla sería coincidir con el amigo de lo ilícito. El mayor éxito para los afectados y las afectadas sería recibir la noticia de que el Gobierno de Medina siguió con el abandono de Pedernales. Este mismo reclamo le reiteré desde 1996 a Leonel Fernández, y no se llevó de mí, quizás porque soy un periodista “cargapalos” que, para colmo de males, lo declaran apátrida.

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