Tony Pérez.

El siquiatra Héctor Guerrero Heredia ha alertado sobre una situación grave en la lucha contra la violencia familiar. Al juzgar los problemas de la pareja –ha precisado--, las autoridades parten del absurdo de atribuir 100% de razones a la mujer y 0% al hombre.

Llegó más lejos el perito al examinar el miércoles en La Receta Médica el caso Vakeró-Martha Heredia: las féminas llevarían la delantera en cuanto a violencia verbal.

No tengo la autoridad profesional del forense de la conducta humana, pero he repetido lo mismo durante mucho tiempo desde mi simple condición de veedor de la realidad para luego contarla a través de los medios de información. Patinamos en el lodazal pero mantenemos testarudamente el mismo cambio y la misma dirección del coche, he clamado en el desierto de los sordos. Es como si quisiéramos amanecer cada día con una pareja menos para satisfacer nuestro morbo y nuestro complejo de Drácula.

El mejor ejemplo de la ecuación 100/0 en la coyuntura es el encarcelamiento del cantante barrial Vakeró, tras una querella de su “Gracias, Baby”, por maltrato físico y psicológico.

Si hay pasión por meter preso para tapar el sol con un dedo, ante acusaciones y contra-acusaciones como las conocidas, entonces ella y él debieron cargar con su “chirola” de tres meses en lo que se determina la culpabilidad en un juicio de fondo.

El gas ha caído sin embargo sobre él. Con mayor furia, por ser hombre y llevar las marcas de la marginalidad. Pocos se atreven a decirlo, porque este es un país de coros y de miedos al disenso; de importación acrítica de códigos y leyes perfectas en otros países; de poses.

En un Estado donde el tratamiento a los reos depende de su condición socioeconómica, no del tamaño del delito, la actitud de las autoridades frente al intérprete manda un mensaje tenebroso que refuerza la violencia en general. ¿Qué esperanza le podría quedar a un joven admirador de ese artista cuando ve cómo le conculcan sus derechos y lo humillan, mientras observa que grandes ladrones nacionales, responsables del crecimiento de la pobreza, y otros mafiosos, son intocables y salen cada mañana de las cárceles a hacer vida de bohemios, y regresan tarde en la noche, orondos, sonrientes, a dormir?

Con actitud tan irracional, si Vakeró es un ídolo de un segmento de la juventud, las autoridades acaban de afianzar esa condición. Si Vakeró es sociópata, sicópata, esquizofrénico, bipolar, un tipo lleno de ira incontrolable, capaz de matar hasta su madre, es probable que hayan agravado tal condición de salud.

Cortarle sus trenzas y dejarlo a rape, engrillarlo y escoltarlo como si fuera José Figueroa Agosto o una reencarnación de Pablo Escobar Gaviria, a causa de una querella de su esposa Martha Heredia con quien vivía en un residencial del exclusivos sector Arroyo Hondo, del Distrito, sería asumido por la juventud como un abuso mayor, no como un escarmiento para los “machos” que maltratan a las damas.

Hace rato que Vakeró dejó de ser Vakeró para simbolizar a una juventud que viene del país de los excluidos, y a otra que, sin venir de allá, se identifica con su rebeldía. Su carisma, su talento y los medios le han dado otra dimensión.

El maltrato jamás debió ser la respuesta a una denuncia no verificada de maltrato por parte de su cónyuge.

Ya he dicho que cuando un joven víctima del empobrecimiento, opta por formar una banda musical, o probar en el béisbol o en el boxeo, solo busca canalizar para bien la fuerza de la violencia que la misma sociedad le ha inoculado a golpe de desprecio y marginación.

Y cuando ese joven logra su objetivo e impacta en su generación, debería ser reconocido, reclutado y adiestrado por la autoridad para multiplicar su experiencia entre los suyos.

Hasta que me demuestren lo contrario, el artista preso no prefirió ser gatillero ni narcotraficante ni asaltante, pese a que la sociedad le negó la oportunidad de nacer en cuna de oro y hacerse profesional en una universidad.

Habría sido más productivo juntar al par de talentos en conflicto, ponderar la posibilidad de que mantuviera su relación e integrarlos a la lucha contra la violencia doméstica.

La apuesta de la autoridad no debería el despropósito ni el espectáculo para estar a tono con el coro de moda. Tampoco la creación de un ejército de divorciados y divorciadas soportados en el odio visceral. Eso es, sin embargo, lo que hace, en desmedro de la construcción permanente de la paz familiar, la cual, al final, es la paz de la sociedad entera.

Si admiten que hoy la llamada violencia intrafamiliar ha crecido “extraordinariamente” hasta presentar ribete epidémico; si descartan que sea percepción pública provocada por la mayor visibilización del problema por parte de los medios de difusión, entonces eso significa que en las familias de antes algo funcionaba bien porque se respiraba más la paz. Y ese aspecto, empero, ha sido sepultado en aras de la “modernidad y los avances de la mujer”.

No todo lo viejo era malo, como no es excelente todo lo de esta “posmodernidad”. Tal vez sea prudente volver a mirar algunos patrones de la familia tradicional, sin menoscabo de los logros obtenidos por las féminas en estos tiempos. Porque tengo la ligera impresión de que con amaneramientos discursivos y ¡tránquelo!, tendremos más ONG sólidas porque encharcaremos más de sangre a las familias.

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