Fernández de Oviedo en el XVI y después Schomburgk, Von Eggers, Carlos Nouel, Casimiro de Moya y otros, desde el siglo XIX, testimoniaron la maravilla que es Valle Nuevo. Con altura media de 2,600 metros, en el centro mismo del país, sus 900 kilómetros cuadrados acunan el nacimiento de tres de nuestros sistemas fluviales más importantes.

El Yaque del Sur, de 130 kilómetros, desemboca en la bahía de Neiba tras irrigar el valle de San Juan. El Nizao alimenta los embalses de las presas de Jigüey, Aguacate, Valdesia y Las Barías, que generan energía, riegan cultivos y abastecen acueductos. Y el Yuna, con 210 kilómetros y el mayor caudal, tras irrigar todo el este del Cibao sale al mar por la bahía de Samaná.

La importancia de cuidar a Valle Nuevo no requiere mucha explicación. Empero, temo que protegerlo no se logra sólo con nuevas prohibiciones como la anunciada por el ministro de Medio Ambiente, la enésima en varias décadas, sino con efectivo control permanente, in situ; no en la prensa.