La relación del periodista con sus fuentes siempre será conflictiva si éste asume el ejercicio de informar con honestidad, poniendo en práctica la duda, que es materia prima de la ciencia y de los mejores modelos de entrega de noticias.

Las fuentes, a veces con un portavoz o un denominado “estratega” administrando los hilos institucionales o corporativos, diseña sus mensajes claves y los perfiles públicos con los que desean aparecer en los medios de comunicación.

El periodista que cava hondo en busca del dato, y que además se ocupa de contrastarlo para no estafar a la audiencia con versiones parciales, no es un resguardador de la imagen de terceros y si se asume como tal, entonces no sería más que un mal relacionista público bajo la sombrilla del medio.

¿Ir al fondo de los hechos, extraer la información oculta y fascinar al público con el dato inédito tiene que implicar un papel de “terminator”, que hunde las fuentes para hallar una sensación de triunfador coyuntural sentado en unos escombros?

Mi madre siempre me dijo, con esa convicción de la inocente sociología pueblerina, que “el becerro manso chupa sus tetas y las ajenas sin que nadie lo perciba”. En estas palabras simples subyace toda una filosofía de ventaja comparativa.

Cuando se decide ejercer el periodismo como profesión de largo plazo, es aconsejable poner el ego a un lado en toda circunstancia y evitar esa suerte de “venganza” que a veces se practica, zahiriendo, insultando y dejado mal parados en forma aviesa a suplidores de información que no satisfacen caprichos.

No puede ser que la incapacidad para organizar  el dato, formular la pregunta precisa o requerir la información con eficiencia, derive en denuestos contra las fuentes prevaliéndose, en forma abusiva y sin sonrojo, del poder circunstancial que confiere escribir el texto, editarlo, titularlo e intervenir sin freno en todos los elementos de primera lectura de la noticia.

Cerrarse fuentes de información es la peor inversión de un periodista, pero desarrollar un maridaje con éstas es nauseabundo. Los dos extremos son malos.

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