He estado pensando si en los tiempos del teletipo, la Underwood o la Olimpia, la cuartilla amarillenta y la máquina componedora correcaminos el periodismo estaba revestido de un mayor rigor en cuanto a la confirmación de la información, la comprobación del dato y el contraste apegado al equilibrio, la justicia y el respeto a la audiencia.

Confieso que el sol de esa era periodística se estaba poniendo cuando llegué y que se iniciaba una transición de lo análogo a lo digital, pero tengo vivos testimonios que indican que armar una buena historia de portada suponía un esfuerzo quijotesco: cubrir todos sus flancos, blindarla hasta convertirla en irrefutable y despejar todas las dudas de un jefe de redacción quisquilloso.

Era una alegría y, a la vez, una desgracia. Si bien uno disfrutaba el dulce sabor del “palo”, también tenía que padecer la agrura de la espera interminable del fin de la reunión editorial y de un editor que ordenaba “completar tu nota que va en primera.”

La tarea implicaba no sólo sacar la mustia libreta para comenzar a hacer llamadas telefónicas, sino nuevos desplazamientos y ver un montón de informaciones vinculantes en el archivo para obtener aquellos dos párrafos orientadores que explicaban la razón de ser de la historia. Faltaba mucho para el nacimiento de ese “dios digital” proveedor de contenidos llamado Google.

La disponibilidad de información es hoy desbordante. Está a un click en los motores de búsqueda. Las nuevas tecnologías rompen la barrera del tiempo y la distancia entre el periodista y las fuentes. Los softwares de edición reducen drásticamente los tiempos de cierre y hacen al reportero dueño real de la geografía asignada en la página.

Pero el periodismo es hoy más urgente y la abundancia de información irresponsable,  proverbial, aunque tenemos todo para que no sea así.

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