Reunidos --mucho antes de que todo comenzara-- era el momento en que todavía sentíamos la derrota y no comenzábamos hacer las "pequeñas cosas", que son inmensas para muchos. Éramos muy pocos, los demás, ya no estaban o nunca estuvieron; y  él dijo: "en este país la gente no siente el Estado, tienen necesidades muy básicas que no son atendidas y la gente no sabe que hacer para resolver sus problemas de cada día".  No digo que fuese el origen de una de sus iniciativas más exitosas, pero si me parece que esta preocupación la tenía hacía mucho tiempo.

Fue un domingo, al final del día, que nos enteramos de que, casi solo, había ido a visitar una comunidad e hizo lo mismo que siempre hacía, escuchó, conversó y tomó decisiones. Por supuesto, nadie imaginaba de que se trataba: era su forma de asumir el compromiso con su prójimo.

Todos opinamos, en uno u otro sentido. Sin embargo seguía sus "visitas", sin avisos, sin decirlo ni hablarlo con nadie, era una "sorpresa". Todos querían una foto o estar, él solo quería escuchar, conversar y tomar decisiones, que la gente sintiera que él estaba, que se podían resolver los pequeños problemas que el Estado nunca veía y que daban felicidad a las personas.

La gente lo recibía; todo comenzó a trascender y los escépticos daban cátedras de cómo debía hacerse; él seguía escuchando, dialogando y tomado decisiones. Con quienes él estaba sentían que él si trabajaba, que era muy paciente, constante, distinto.

Nos dimos cuenta de que "nada humano le era ajeno"; que contaba hasta los cheles, esos que ya nadie contaba, una y otra vez. Nos dimos cuenta de que para él cada detalle era importante para que su pueblo supiera que sí le importaba; y lo hacía con su compromiso, entrega, con su propio sacrificio. Fue entonces cuando los olvidados, los sin voz y que nunca habían contado, esos que no pueden llegar a Palacio,  entendieron,  que él no fue para buscar o pedir, sino que volvía porque él era uno de ellos. Los otros todavía siguen sin entender.