Más unidos que nunca por nuestras ideas antagónicas, mi amigo el escribidor y yo nos sentamos frente a un tinto con una reflexión como cordón umbilical: ¿Para qué han servido los millones de caracteres que hemos escrito en columnas, reportajes, editoriales, crónicas y sueltos a lo largo de nuestra existencia?.

Él, que vive la fascinación de oír su nombre hasta en boca del chinero gracias a la magia de la pantalla chica, y yo, que ahora presumo de experto en comunicación de crisis y hablador por las ondas hertzianas, sacamos un momento para mirarnos en el propio espejo. ¿Resultado?  Nuestros rostros se burlaban de nosotros mismos en la medida en que el vino era escanciado.

En mis dos décadas de ejercicio periodístico el único resultado concreto fue la cancelación, por parte del presidente Balaguer, de un director de Foresta a quien el mismo mandatario había ordenado derribar las casas de unos ricos en Valle Nuevo, luego de una serie de reportajes publicados por mí en el periódico El Siglo para denunciar la depredación del sitio.

El escribidor, con más de un lustro construyendo una suerte de biblia mediática de las finanzas dominicanas, basada en el dato incontrovertible, apenas recibe el e-mail, el telefonazo o el BBM indicando: “! Qué buena tu columna !”

Uno espera cada semana a Alicia, a Nuria; mira los descubrimientos sensacionales de Cavada; las pruebas irrefutables en los vídeos de Edith y Marino; el aleccionador editorial del Dr. Molina y, en fin, el gran esfuerzo del periodismo serio  en busca de cambios, pero  nota que los efectos no pasan del episodio coyuntural.

La mejor imagen provino de mi amigo el escribidor: “Es como ver a la Monalisa pasar por el agua con un aluvión de estiércol que viene detrás.” Así cerramos la noche.

Twitter: @viktorbautista