Si se sumara cuánto ha costado hasta ahora el total pagado, incluyendo el costo de oportunidad en un país con tantas urgencias, se verá cuán mal negocio ha sido.

La carretera para llegar a Samaná, construida bajo el sistema de concesión por una compañía colombiana, es una de las más bellas y útiles que tiene el país. También es casi seguramente la más cara.

No sólo por el costo que representa para sus usuarios por el altísimo precio de los muchos peajes, sino porque desde hace muchísimos años el Estado ha ido pagando un subsidio, acertadamente llamado “sombra”, que no resiste ningún análisis razonable de su estructura financiera. Basado en unas proyecciones de flujo vehicular que en su momento lucían evidentemente infladas, ese estudio preliminar muy cuestionado es la base del “peaje sombra”, que desangra al gobierno al obligarlo a cubrir una ficticia diferencia entre el tránsito estimado y el que real y efectivamente usa la carretera.

Si se sumara cuánto ha costado hasta ahora el total pagado, incluyendo el costo de oportunidad en un país con tantas urgencias, se verá cuán mal negocio ha sido. Ojalá haya responsables. Un esquema útil mal aplicado desprestigia las concesiones y las alianzas público-privadas.