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Pablo no era idiota

Pablo no era idiota
Julio Martínez Pozo

Pablo, el apóstol de los gentiles, designado en la obra biográfica de Taylor Caldwell como “El Gran León de Dios”,  no era un machista retrógrado capaz de una sugerencia tan absurda, como la que le atribuyen los  versículos 34 y 35, del capítulo 14 del  1 de Corintio:

“Las mujeres cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra, antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenselos a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que la mujer hable en la asamblea”.

Un análisis del  texto en el que se insertan esas expresiones deja muy claras las huellas de la alteración, porque del versículo 26 al 33 del mismo capítulo se viene tratando un tema, el del manejo de las profecías en la iglesia, que no tiene ninguna conexión con esa aberración machista, y resulta que después del 36 continúa la temática que se interrumpe en el 33.

 

Desde el 2 de Timoteo 1, se fuerza a un Pablo cónsonos con los criterios del imperio y de los primeros padres de la iglesia, que eran negadores de los derechos de la mujer, es por eso que el discípulo posterior que escribió esa epístola, que el canon calzó con la firma de apóstol, lo pone a sugerir que “la mujer aprenda en silencio, con toda sujeción; porque no permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio; porque Adán fue formado primero, después Eva…”

Esas aseveraciones en una carta que la mayoría de los estudiosos concuerdan en que no era de Pablo, fueron considerados como insuficiente para lo que se procuraba, y de ahí que se produjera la alteración de la primera misiva a los corintios, que todos admiten como auténtica.

Para que la falsificación hubiese quedado menos expuesta debieron haber eliminado el 16 de Romanos, que presenta a un Pablo muy condescendiente con las damas: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el señor como es digno a los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros… Saludad a Priscila y Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí… Saludad a María la cual ha trabajado mucho entre nosotros…Saludad a Trifena y a Trifosa…”

Es evidente que el personaje que produce esos reconocimientos a mujeres que desempeñan un papel activo en sus congregaciones no puede ser el troglodita que piensa que las mujeres solo están para escuchar.

Una de las distinciones entre la concepción que acabó dominando y la de otros cristianos primitivos, como eran los gnósticos, era precisamente que éstos no ejercían discrimen para la participación de la mujer, por eso Tertuliano, al enumerar pruebas sobre la indisciplina de las sectas contrarias protesta contra la participación de “aquellas mujeres entre los herejes que comparten posiciones de autoridad con los hombres…Enseñan, participan en las discusiones; exorcizan; curan, y  bautizan”.

Esos cuestionamientos los ejercían los romanos sobre los celtas. Cicerón, cuando al referirse a las mujeres romanas dijo que “nuestros antepasados establecieron la norma de que todas las mujeres, debido a la debilidad de su intelecto, quedaran bajo la tutela de un custodio”.

Para ellos nada de lo que hiciera una mujer tenía validez legal sino lo avalaba un hombre, por eso, consideraban bárbaros a los celtas, en cuya sociedad las mujeres podían ejercer el poder por derecho propio

La cultura que se impuso, la que con el tiempo adoptaría al cristianismo y lo instituiría como religión oficial, no aceptaba eso e hizo que constara en sus leyes y en los evangelios, que la mujer era un objeto, algo así como la concibe el vergonzoso artículo 30 de la Constitución dominicana.

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