REDACCIÓN.– No habían transcurrido veinticuatro horas desde que la tierra sacudió a Venezuela cuando un grupo de médicos, enfermeras, rescatistas, veterinarios y voluntarios del Movimiento de Profesionales y Técnicos de Caracas decidió emprender camino hacia La Guaira, el lugar que ya todos llamaban la zona cero de los sismos ocurridos el miércoles 24 de junio de 2026.


Aún tenían el miedo del temblor en el cuerpo. Muchos ni siquiera habían logrado dormir. Sin embargo, cuando finalmente regresó la electricidad y comenzaron a conocer la verdadera magnitud de la tragedia, entendieron que había un sitio donde el dolor era aún mayor.


«Al principio pensábamos que el epicentro había sido en Altamira. Cuando llegó la luz, nos dimos cuenta de que la peor tragedia estaba en La Guaira«, recuerda Rosa Torrealba, coordinadora del movimiento.

Brigada voluntaria llegó a La Guaira


  • Con medicamentos, insumos médicos y la incertidumbre que caracteriza a las situaciones de emergencia, fueron avanzando sin mayores obstáculos. Se desplazaban de un lugar a otro tratando de identificar dónde podían ser más útiles, hasta que decidieron establecerse en Playa Verde, donde el movimiento telúrico redujo numerosas viviendas a escombros; las calles estaban irreconocibles y las familias intentaban rescatar lo poco que quedaba de sus vidas.

  • La primera jornada estuvo marcada por la urgencia. Atendieron sin descanso a decenas de heridos. Una joven llegó con lesiones tan graves que fue necesario limpiarle una sutura de aproximadamente ochenta puntos en la cadera. También intentaron rescatar a un niño sordomudo atrapado entre los restos de una vivienda, pero las labores tuvieron que suspenderse abruptamente cuando un falso rumor de tsunami provocó una estampida que obligó a todos a abandonar la zona.

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En los días siguientes, el trabajo comenzó antes del amanecer. Mientras la ciudad despertaba entre el polvo y el silencio, los voluntarios ya estaban de regreso a la zona cero.


«La destrucción hizo estragos sin distinguir clases sociales. Colapsaron viviendas humildes, residencias del Gobierno y urbanizaciones de clase media y alta. Hay edificios en los que apenas quedó un piso», relata Rosa.


Sin embargo, asegura que también ha visto algo que ninguna catástrofe ha logrado derrumbar.

La magnitud del desastre y la solidaridad


«En medio de tantas calamidades todavía hay esperanza y fe», plantea con absoluta convicción.
Aunque los organismos oficiales de rescate trabajan en las zonas afectadas, Rosa considera que la dimensión del desastre supera cualquier capacidad instalada.


«El equipo humano sigue siendo insuficiente para la magnitud de esta tragedia. Se habla mucho de La Guaira, pero también hay comunidades devastadas en Caracas, Falcón, Aragua y Tucacas. Es una emergencia enorme y ha sido muy difícil cubrirlo todo», describió.


A pesar de ello, sostiene que hay una imagen que se repite en cada rincón del desastre y que merece ser contada: la solidaridad espontánea de los venezolanos.


«Desde el primer momento, la gente salió a las calles para ayudar. Nadie esperó instrucciones. Cada quien hizo lo que pudo con lo que tenía», contó Rosa, quien es voluntaria, durante una entrevista concedida a Noticias SIN.


Para Rosa, esa reacción nace de algo más profundo que un protocolo de emergencia.


«Ser venezolana significa entender que el dolor del otro también nos pertenece. Nosotros sonreímos incluso a quien no conocemos, pero cuando llega una tragedia sentimos la necesidad de ser útiles. Sabemos que siempre habrá alguien que está peor que uno. No esperamos un llamado del Gobierno ni de terceros. La solidaridad la llevamos en las venas», explicó.


  • Mientras las cifras de víctimas continúan aumentando y las máquinas siguen removiendo toneladas de escombros en busca de sobrevivientes, también hay cientos de ciudadanos anónimos que, con sus propias manos, continúan salvando vidas allí donde la ayuda oficial no alcanza. La cifra de fallecidos por el doble terremoto que sacudió Venezuela aumentó a 1,719, mientras las autoridades continúan las labores de búsqueda y rescate entre los escombros.


Para Rosa Torrealba, la solidaridad no debe detenerse en las zonas afectadas. Considera que quienes se encuentran fuera de Venezuela también pueden convertirse en parte de esta cadena de apoyo, colaborando con los centros de acopio y realizando donaciones a través de cuentas verificadas y oficiales.