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Pareja sacrifica a sus 13 perros por covid

"Al principio pregunté a un policía si los perros podían quedarse en un centro de cuarentena y me dijo que sí, pero una doctora del pueblo dijo que podían propagar la enfermedad y no nos dejaron", relata Hung.

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REDACCIÓN INTERNACIONAL.-  Después de que las autoridades sacrificaran a sus 13 perros por miedo a que pudieran propagar la covid-19, el matrimonio vietnamita Pham Minh Hung y Nguyem Thi Chi Em tratan de superar el trauma adoptando nuevos cachorros, a cuyo cuidado dedican buena parte de sus escasos ingresos.

El pasado octubre Hung y Em, casados desde hace 20 años, recorrieron en su desvencijada moto junto a sus perros los casi 300 kilómetros que separan las provincias de Long An y Ca Mau, al sur de Vietnam, en busca de trabajo, pero al llegar dieron positivo por covid-19 y fueron ingresados en un hospital.

«Al principio pregunté a un policía si los perros podían quedarse en un centro de cuarentena y me dijo que sí, pero una doctora del pueblo dijo que podían propagar la enfermedad y no nos dejaron», relata Hung.

Cuando ya estaban en el hospital después de dejar a los 13 perros con un veterinario, se enteraron de que la doctora había pedido a las autoridades que sacrificaran a los animales, de unos 7 años de edad. «Los quemaron vivos», dice Hung, de 50 años, todavía con una mezcla de rabia y tristeza al rememorar la impotencia que sintieron al no poder salir de su cuarentena para rescatar a los perros.

Cuando ocurrió el episodio, Vietnam todavía trataba de frenar la propagación de la covid-19 con estrictos confinamientos que ha ido relajando en los últimos meses ante la alta tasa de vacunación, con más del 90 por ciento de la población que tiene puestas al menos dos vacunas.

Controversia

La historia causó una gran controversia en el país después de propagarse por la red social Tik Tok y por muchos medios de comunicación, lo que provocó una petición de acabar con los sacrificios de animales para prevenir la pandemia de coronavirus. La iniciativa obtuvo 150.000 firmas de apoyo.

Además, la evidente pobreza en que vivía la pareja generó una ola de generosidad y recibieron donaciones por valor de 120 millones de dong (4.700 euros o 5.200 dólares), que han empleado en pagar viejas deudas, en comprar perros que iban a ser sacrificados en restaurantes de carne canina, en medicinas y en arroz para los vecinos más necesitados de su pueblo.

Alguno de los perros que compraron a los restaurantes y otros que les regalaron forman parte de la nueva familia que han formado desde entonces: seis canes con los que se han trasladado a Cu Chi en busca de oportunidades laborales en la construcción, el oficio de Hung.

«Cuando viajamos, dos perros van delante en la moto, uno encima de mí y tres en una pequeña jaula. Les gusta, están acostumbrados», explica Em, la esposa, que había permanecido en silencio con gesto compungido mientras su marido relataba la desgracia ocurrida a sus anteriores mascotas.

Seis perros en 12 metros cuadrados

La pareja y los seis perros viven en una exigua habitación alquilada de unos 12 metros cuadrados hasta que encuentren un trabajo que les permita pagar una casa mejor. «Con unos 100.000 dong (algo más de 3 euros) comemos todos durante dos días, preparo la misma comida para los perros y para nosotros», dice Em, de 36 años.

Mientras su marido habla, la mujer administra con una jeringuilla una medicina a uno de los cachorros aquejado de una infección estomacal, mientras el resto corretea por la precaria habitación que comparten con sus dueños.

Si tienen suerte, Hung encontrará un trabajo que le dé unos 14 dólares al día, suficiente para pagar el alquiler de una casa y alimentar a toda su «familia», en la que incluye a las mascotas.

El amor de la pareja por los animales y el tiempo que pasan cada día cuidándolos son también la manera de llenar un vacío abismal con el que cargarán siempre: la tragedia de sus dos hijos fallecidos por enfermedad, casi a la vez, tenían 4 y 5 años.

«No teníamos dinero para curarles. Desde entonces quisimos tener perritos. Cuando regresaba del trabajo estaban esperando para saludarme y me daba alegría», cuenta Hung.

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