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Perdemos un ministro

Es muy raro que en este país un ministro le renuncie al presidente. Dos justificaciones fundamentales, tintada de política retrógrada y de atraso institucional, se anteponen siempre: los gobernantes no deben ser desairados y las posiciones de poder nunca se ceden, sino que se aprovechan al máximo.

Esta filosofía tiene un tufo trujillesco, está basada en la incertidumbre que crea un país con escasas oportunidades de progreso por méritos propios y en el ejercicio político como mecanismo de movilidad social (aquí un puesto público constituye una suerte de loto opípara y es un solemne pendejo quien lo entrega).

Luis Ramón Rodríguez, renunciante ministro de Agricultura, ha roto ese tabú y se ha atrevido a ser, probablemente, el único funcionario de su nivel que le renuncia a un presidente subido en la cima más alta de la popularidad, sin desgastes y a menos de dos años de gobierno.

En otras circunstancias, quizás con una administración impopular y atiborrada de corrupción, la prensa curiosa hubiese sacado sus garras investigativas y abundarían los titulares sobre la renuncia de uno de los más importantes ministros. Pero este no es el caso.

De todos modos, es interesante observar cómo el alto nivel de aceptación de un gobierno opera como anestesia o mecanismo adormecedor que dicta un solo camino a la opinión pública: dejar las cosas así.

A Luis Ramón Rodríguez le conocí en 2010 cuando –tras dejar un viceministerio, asqueado por las maniobras corruptas de una típica asociación de malhechores que ha quedado impune- se acercó a mí en busca de servicios profesionales de comunicación estratégica para alguien cercano.

La consultoría, una grata experiencia para mi naciente firma de asesores, me permitió realizar una suerte de examen con rayos equis para descubrir una personalidad altamente técnica, enemiga de la corrupción, focalizada y con un pensamiento amplio sobre la agropecuaria como factor de desarrollo.

Estas características me permiten inferir que Rodríguez se fue por razones de principios. No tengo dudas. Perdimos un buen ministro.

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