Uno de los discursos que más ha resonado en la historia universal es obra de Martin Luther King el 28 de agosto del 1963, en el marco de una multitudinaria manifestación por los derechos civiles en los Estados Unidos que reunió a más de 250 mil personas en el National Mall de Washington, D.C.

El discurso pasaría a la historia por su frase más icónica, “yo tengo un sueño”, pie de amigo que le permitió a MLK dibujar un mundo donde hombres y mujeres, sin importar el color de su piel, pudiesen coexistir de manera armoniosa y como iguales ante la Ley. En una pieza repleta de retórica en base a alusiones, la palabra hablada se convirtió en una pieza con un poder permanente que ha superado las barreras culturales para transformarse en un credo para la defensa de los derechos civiles de los seres humanos.

Martin Luther King presentó su visión a la humanidad a sabiendas de que no viviría para verlo hecho una realidad. Soñó para sus hijos, para que se hicieran a la idea de que era posible vivir en un mundo distinto. De hecho, en su propio discurso lo plantea, al decir “yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”.

Se inspiró en ellos porque al despedirse cada mañana cuando se iban a la escuela, no sabía si los volvería a ver al finalizar el día, como de hecho sucedió cuando fue asesinado el 4 de abril de aquel inolvidable 1968 que estuvo lleno de tantos hechos inolvidables.

Leer y escuchar esta gran obra discursiva es un ejemplo del poder transformador y la magia de las palabras, una facultad que los que están en la política no deben desdeñar. Lo que sale de la boca del liderazgo político y social de una nación tiene peso, se siembra en el corazón y en la mente de los ciudadanos y se convierte en acción. Eso es lo que demuestra el discurso de Martin Luther King y otros más, que en el devenir de la historia han transformado sus palabras en los cimientos de la sociedad que hoy conocemos.

La República Dominicana necesita un sueño. Un credo común que nos haga avanzar como sociedad, como país, como nación. Un llamado que resuene en todos los oídos con la misma intensidad y compromiso para que, sin importar los vaivenes de la política, podamos entrar en sintonía en lo que se refiere al desarrollo del país.

En el pasado hemos tenido un propósito común. Lo construimos mediante el diálogo, en los momentos que enfrentamos graves crisis políticas, electorales, sociales y económicas. Pero en la actualidad, sin temor a una equivocación, parecería que los espacios donde pudiésemos ponernos de acuerdo en torno a un objetivo común no están funcionando correctamente.

Ya nos adentramos en un periodo preelectoral, y aún los que nos piden el voto no nos hablan sobre cuál es el futuro que todos soñamos.