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Por ahí va mi voto

Por ahí va mi voto
Víctor Bautista

Con un coeficiente intelectual de 195, frente a un promedio entre 90 y 110, Christopher Langan, 67 años, ha sido obrero de la construcción, seguridad en bares y hasta granjero, pero ni ha tenido éxitos académicos ni ha logrado vivir de su inteligencia.

Otras personas altamente inteligentes, como Paul Allen, cofundador de Microsoft, han conseguido caminos distintos, como figurar en la lista de las 48 personas más ricas del mundo. Su coeficiente intelectual es de 170.

Sin dudas que las oportunidades sociales, el entorno en que crece la persona, la personalidad misma, el tipo de familia que le respalda y hasta la pareja de vida, son determinantes para que la inteligencia sea útil y depare resultados transformadores.

Juan Carlos García Gutiérrez, reconocido profesional de la psiquiatría, nos dice: “Hay personas con un coeficiente intelectual (CI) elevado que son perezosas; en cambio, hay otras con un CI bajo que compensan con energía, motivación y ganas de luchar.”

Dirigir, gerenciar, resolver problemas, aplicar soluciones, enmendar y tener resultados, no son siempre tareas de los “iluminados.”  Admiro la simbiosis del  CI con el pragmatismo, la inteligencia aterrizada y resuelta, pero no basada en la perversión ni en los caminos cortos y purulentos para acumular riqueza rápida, robando para luego tratar de vender falsas heroicidades corporativas.

Dejemos para el taller literario y de escritura creativa el discurso helénico, las flores retóricas, el retruécano, las piruetas con las palabras, que no terminan convertidos en hechos, sobre todo cuando estamos en una coyuntura demandante de soluciones concretas.

No me siento convocado a debatir sobre qué candidato tiene los mejores recursos lingüísticos, la mayor capacidad histriónica o el “frame” más perfecto del lenguaje no verbal.  Por eso ignoro a los memes y las intervenciones editadas para proyectar presuntas insuficiencias cognitivas como recurso de campaña.

No dejo de impugnar, sin embargo, al “realismo político maravilloso”, que consiste en meter la mano en los fondos públicos, devolvernos una parte en dádivas y esperar aplausos por lo bien que lo hacen quienes nos están expoliando.

Para votar analizo el nivel de dignidad y respeto en la interacción de los candidatos con la gente, sus antecedentes, valores, la ética política, las ofertas electorales realizables, las menos cargadas de populismo, de efluvio clientelar o fantasías urbanas. Por ahí va mi voto.

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