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Por Venezuela

Por Venezuela
Mario Rivadulla

Semanas atrás, el Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, hizo circular entre los países miembros de la misma, un largo y detallado informe de más de setenta páginas sobre la situación prevaleciente en Venezuela. El contenido del documento se filtró luego a los medios de comunicación y circuló ampliamente a través de la Internet.

En dicha exposición, el timonel de la OEA analiza la creciente crisis por la que atraviesa el país bolivariano, tanto en el orden institucional como político, económico y social, destacando las continuas violaciones al estado de Derecho por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Estas equivalen prácticamente al preludio de un gobierno dictatorial.

Frente al deterioro y creciente crisis de la situación en Venezuela, Almagro está solicitando la aplicación de la Carta de la OEA, condicionando su salida del organismo al cumplimiento de una serie de requisitos. En lo que pudiera considerarse un primer paso, catorce países miembros han suscrito una declaración conjunta dirigida al gobierno de Maduro reclamándole la elaboración de un calendario electoral, la liberación de los presos políticos, el cese de la represión y el regreso a un estado de derecho, respetar la Constitución así como la soberanía y el cumplimiento de las resoluciones de la Asamblea Nacional, fruto de unas elecciones democráticas.

Por más de dos años el pueblo venezolano ha venido sufriendo en carne propia los desmanes del régimen chavista, que han sumido a uno de los países más ricos del mundo en una situación de aguda pobreza que afecta todos los estratos de la población; la carencia de alimentos, medicamentos y artículos esenciales y el persistente deterioro de los servicios públicos.

Con una economía a ras del piso, la más elevada tasa de crecimiento negativo (-) del continente, el más alto índice de inflación a nivel mundial, creciente desempleo, destrucción de su estructura productiva a través de una irracional política de nacionalizaciones que ha convertido en deficitarias empresas que eran modelo de eficiencia y productividad.

Este penoso estado de cosas resulta agravado por la cada vez más visible corrupción en las esferas del poder, la involucración de altas figuras del gobierno y militares de elevado rango en el tráfico de drogas, la más alta tasa mundial de criminalidad, las trabas a la libertad de prensa, las medidas represivas contra la oposición y el desconocimiento del poder soberano de la Asamblea Nacional y sus resoluciones.

El deterioro y progresivo descrédito en que ha caído el gobierno “madurista” le ha generado el repudio de más de las tres cuartas partes del pueblo venezolano, manifestándose inclusive en agudas contradicciones en el mismo seno del partido oficial. Este rechazo ha quedado expuesto de manera abrumadora a través de las distintas y cada vez más numerosas manifestaciones multitudinarias de protesta, donde ciudadanos de todas las clases sociales expresan el creciente descontento de la población.

Más que dudar puede darse por seguro que Nicolás Maduro, considerado con mucho y por muchos como el presidente más inepto e impopular que haya tenido Venezuela, rechazará la declaración de los catorce países, entre los cuales no figura la República Dominicana, que por tradición mantiene una política exterior consecuente con su tradicional estilo inclinado a la prudencia y la conciliación. No lo hará Maduro, además, en el marco verbal propio de la diplomacia, sino por el contrario haciendo uso del lenguaje arrogante, agresivo e insultante del que ha hecho uso y abuso hasta ahora.

Cuando esto ocurra, queda por ver cuál será la reacción de los países firmantes de la declaración y los pasos que de el Secretario General de la OEA a fin de tratar de reunir los votos que le faltan hasta alcanzar los 24 requeridos para poder extrañar al gobierno de Maduro del seno del organismo regional. No luce probable que pueda conseguirlo, al menos en un plazo breve. El voto, sobre todo, de los países caribeños está fuertemente determinado por el acuerdo petrolero de PETROCARIBE, una jugada inteligente del desaparecido Hugo Chávez para agenciarse su apoyo político.

El movimiento no es contra Maduro. Es por Venezuela, cuyo futuro luce cada vez más sombrío y menos propicio a una salida incruenta de la grave crisis abismal que viene arrastrando.

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