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Urgente: Refunden a esa AMET

Tony Pérez.

A principio de marzo, agentes de la Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET) ponían contravenciones a los conductores que se estacionaban frente al antiguo hospital Marión y el Instituto Oncológico Heriberto Pieter, en la calle Correa y Cidrón de la Zona Universitaria.

Les pregunté a dos de ellos sobre las razones de su inusual parafernalia en ese sitio porque solo veo ese nivel de activismo y nerviosismo cuando se espera la visita del Presidente u otra autoridad de primer orden.

Uno me contestó dándome la espalda y con tono despectivo: ¿Usted no ve ahí varios letreros de “No estacione”?

Tenía razón. A lo largo de la acera había varias señales que indicaban la nueva disposición. Pero no entendía el por qué de las multas y no una actitud preventiva, de orientación a los usuarios de esos espacios, toda vez que predomina en aquella área una costumbre de estacionamiento avalada por décadas.

Uno de los policías, siempre en movimiento y sin dar la cara masculló: “Es así, pero cumplo órdenes”.

Pagaré la fiscalización que me consignaron, en cuanto pueda, pues fui uno de los muchos de los habitué de la zona sorprendidos por la repentina señalización.

Pero qué se gana con eso, salvo presentarse de manera súbita a un lugar y recaudar unos cuantos pesos para el erario pese a que buscar dinero no es su función; aunque, en su informe de 2011 al Senado, se ufanara de haber puesto 630,608 contravenciones.

Una muestra de la esterilidad de operativos de tal jaez es el eterno pandemonio del tráfico en el entorno de la misma Universidad Autónoma de Santo Domingo donde, como por magia, una mañana aparecieron los “ponemultas”. Como es un pandemonio el tránsito vehicular en la capital, el gran Santo Domingo, las carreteras nacionales y todas las provincias.

En el perímetro de la academia impera la ley de Fenatrano y otros sindicatos choferiles. Estacionan paralelo. Bloquean las puertas. Descargan pasajeros donde está prohibido desde siempre. Provocan tapones. Se burlan de los conductores privados que les reclaman… Nunca, sin embargo, por allí se ve a un AMET (ni una autoridad universitaria que supla esa ausencia).

El puente Bosch, a la entrada del elevado, dirección este-oeste, es otro desastre. Es el escenario por excelencia para los desafueros de los transgresores de la ley de tránsito. Todo el que cumple con los carrilles dispuestos para el elevado vale un comino, porque los violadores corren libres por los laterales hasta agolparse de manera abrupta y desafiante en la boca de la infraestructura vial. El caos carece de parangón y los AMET son sinónimos de displicencia, figurines que, parece, están allí a regañadientes, solo por cumplir órdenes.

Pero es peor a la salida del desnivel de la 27 de Febrero con Máximo Gómez, hacia el mismo elevado, en dirección oeste-este. Los oportunistas que van hacia la avenida Leopoldo Navarro, en vez de recorrer los carriles de la derecha, se apropian de todos los espacios y trancan la subida al elevado. Nunca he visto a los agentes resolviendo ese caos.

Las carreteras del país, sobre todo la Duarte y la Sánchez, son pistas de la muerte. Son comunes las competencias de velocidad entre patanistas. Cargueros de combustibles, refrescos, cervezas, víveres, madera, cerdos y otros productos superan los cien kilómetros por hora en vías que no resisten ni ochenta por su estrechez, hoyos imprevistos y falta de señalización. La supervisión de la autoridad es, no obstante, nula.

En la Kennedy con Máximo Gómez se sufre otro verdadero infierno. Pese a que allí existe una parada del Metro de Santo Domingo y abundan las señales de “No pasajeros” y “No estacione”, ese es lugar ideal para que guagueros y chóferes de carros públicos dejen usuarios y esperen usuarios. Toda la Gómez, hasta el Malecón es igual. Hasta encima de las aceras se estacionan a la vista de los AMET.

De la mayoría de las universidades y colegios del sector privado, ni hablar. Sus estacionamientos son las calles contiguas. Apenas dejan –cuando dejan–  brechas que, para cruzarlas, más que conductores,  requieren malabaristas. Empero los vigilantes del tráfico son indiferentes.

Por todo el territorio circulan millares de minibuses y carros del transporte públicos que no reúnen los mínimos requisitos de seguridad: sin luces o con luces inadecuadas, neumáticos lisos, frenos malos, carrocerías destartaladas. ¿Y AMET? Temerosa ante ellos.

De nada vale entonces que nos presenten estudios sobre el impacto de los accidentes de tránsito, como el de Educación Superior y el gobierno francés, el cual contó 4,629 muertos y 11,784 lesionados, desde 2010 hasta principio de enero de 2012. O que, en su informe 2011 al Senado, la AMET haya resaltado 1,586 fallecidos, 86 por ciento hombres muy jóvenes. Y que la mayoría de accidentes se registró los domingo, sábado y lunes con un impacto letal para los jóvenes.

De nada valen las mega-obras viales que el actual Gobierno ha edificado para, según ha insistido, mejorar el tránsito vehicular.

Un plan de mejoramiento del tráfico exige un abordaje integral que debería pasar por una refundación de la AMET para hacerla más preventiva, concienciadora y amiga de ciudadanos y ciudadanas. Y eso tiene que ser rápido porque a leguas se le ve un acelerado proceso de envejecimiento y rutinización focalizado en la recaudación.

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