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Responsabilidad y liderazgo

Responsabilidad y liderazgo

Prácticamente todos los economistas y generadores de opinión coinciden en que el correcto manejo de la economía implica que tanto el déficit como la deuda pública sean controlados.

También en que se requieren parámetros muy claros para establecer los topes del gasto público como porcentaje del producto interno bruto.

Sin embargo la solución que solemos darle a este asunto en el país es recurrir a la intervención externa, al Fondo Monetario Internacional, para que “nos obligue” a cumplir con nuestra propia racionalidad.

Así hemos mantenido o recuperado la estabilidad y la predictibilidad de nuestra macroeconomía.

Ese comportamiento es una evidencia de que no confiamos suficientemente en nosotros mismos para cumplir con obligaciones primarias de nuestra gobernabilidad.

Otro ejemplo de comportamiento inadecuado: nuestro Congreso emite desde hace décadas resoluciones y leyes de muy dudosa aplicabilidad. O montamos leyes sobre leyes, complicando y reduciendo la majestuosidad de la función legislativa.

Lo ideal sería que nuestros legisladores comenzaran a asumir una economía de la ley. No se trata de tener más y más leyes, sino las suficientes, pero que se cumplan. Una interacción correctiva entre los poderes públicos, para corregir este exceso de regulación y la condición superflua de muchas leyes, sería de gran utilidad para el país.

Hay modelos de legislación que servirían mucho si se siguieran en todos los casos pertinentes. Pero hay que corregir la tendencia a la normatización excesiva y superflua. Emprender ese saneamiento de nuestras normas introduciendo mecanismos de control donde haga falta y sanciones donde sean precisas, sería toda una innovación: hacer lo que nunca se hizo.

Hace falta un liderazgo comprometido con mejorar las funciones de gobierno. El liderazgo adecuado para esta coyuntura de incertidumbre global debería caracterizarse por la sensatez, la credibilidad y la consistencia. Necesitamos más realidad y menos espectáculo.

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