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Retos deontológicos del periodismo criollo

José Báez Guerrero.

Una de la mayores debilidades del periodismo dominicano es que, quienes lo ejercemos, mal entendemos frecuentemente el sentido de «esprit de corps», tal si fuésemos políticos apandillados para fullerías. En vez de vigilarnos unos a otros para garantizarle al público el mejor reportaje u opinión posible, ignoramos deliberadamente groseras malas conductas de algunos a quienes desafortunadamente debemos llamar colegas.

Recientemente, por ejemplo, circuló privadamente una carta dirigida a uno de los más influyentes y «santificados» periodistas, en la que una ciudadana con justa indignación le reclamaba por la última joya de su corona de proezas comunicacionales: una desfachatada campaña a favor del trujillismo. Pero ninguno nos atrevemos a encararlo quizás por temor a alguna excomunión o por preservar una alegada amistad.

Ahora ocurre el choque de trenes entre el prestigioso Grupo SIN, cuyas cabezas son Fernando Hasbún y su esposa Alicia Ortega, y los directores o propietarios de una emisora de radio entre cuyos populares comentaristas hay varios incluidos en la infame lista del grupo de funcionarios, periodistas y militares a quienes se ha agraciado con la entrega de las villitas vacacionales del Centro Vacacional Ercilia Pepín, en Jarabacoa.

Escuché a mi admirado Marino Zapete argumentar, lleno de sano enojo, cómo muchos beneficiados de una operación no del todo clara, de la cual quizás no están orgullosos, pretenden chantajear o presionar a quienes han denunciado el caso.

¿Cómo es que los que han cometido ahora, como lo han hecho antes, graves violaciones éticas propias de quienes hacen del periodismo un vulgar tráfico en beneficio propio y en desmedro del público, pueden pretender erigirse en los jueces del periodismo dominicano?, se pregunta acertadamente Marino Zapete.

A mi me parece que el público sensato conoce al tuerto durmiendo y al cojo sentado. Una cosa es que el morbo aumente los «ratings» y otra la apreciación del público más consciente. Pero la verdad es que los periodistas debemos perder el miedo a exigirnos ser mejores, más transparentes y honestos, más comprometidos con un oficio que difícilmente hace rico a quien lo ejerza sin torcerse.

El público también debería ser menos cómplice de los malandrines a quienes premia con una mansa aceptación. Quizás mientras el mercado siga recompensando a los malucos y continúe la impunidad del temeroso silencio, todo será igual. ¡Pobre periodismo dominicano, víctima de sí mismo!

 

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