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Robertico: discreción y lealtad hasta el último día

Cholo Brenes

Hace unos días asistía a cumplir con los amigos hijos de Trina, una mujer que, al igual que a su hijo, había estado unido a las redes del Palacio. Con diferencia que logró conocer el gobierno de los 30 años.  Saliendo de la funeraria, alguien me hacía señas junto a su chofer de forma un poco desesperada-  ya yo me iba-, acudí al llamado y se trataba de mi amigo Robertico.

El miércoles en la mañana quise cumplir con el amigo y la familia y me encontré con todos los colores políticos acudiendo a dar el pésame. El primero, Rafaelito Alburquerque, quien me dijo: “Cholo, cuánto tiempo”, le dije: “vecino, desde que te nombraron vice”.

El jefe de Protocolo del Palacio cultivó amistades en todos los rincones. Recordemos que estuvo con Balaguer, Guzmán, Jorge Blanco, Fernández, Mejía y llegó a tratar también a Danilo en el primer gobierno, y algo del segundo gobierno de Fernández. En este último no estuvo porque cayó en cama días antes de la juramentación de Medina y, por cierto, su ausencia fue muy notoria.

Mirando el ataúd con la bandera nacional, resguardado por el personal del Palacio y de Cancillería, imaginé en mi mente las cosas que conversábamos. Hablábamos una vez cada dos meses por teléfono, muy raramente personal. Me escuchaba todos los criterios que tenía sobre los gobiernos en que había trabajado y, para mi mayor sorpresa, que corroboraba en casi todo lo que yo decía sin temor a ser grabado. Una vez me llamó alarmado y muerto de risa porque yo había insultado a Martha por teléfono, la esposa de Rafelito, y estaba regao’ en Palacio. Le dije que nosotros éramos amigos de infancia y los amigos se decían verdades.

A cada rato le decía que él conocía las intimidades del Palacio y que nadie mejor que él para poderlas narrar, que el mundo estaba lleno de memorias sobre reyes, primeros ministros y presidentes y que de alguna forma eso había servido para conocerlos mejor.

Si les digo que me contó cinco intimidades sobre el Palacio díganme mentiroso. Su gran fortaleza era la discreción, fue leal con todos y cada uno de los gobiernos a los que sirvió. Una vez se le salió decir sobre unos escándalos que hizo un cantante en Palacio Nacional acabando con la Primera Dama de ese entonces y fue verdaderamente así porque alguien del entorno del cantante me lo confirmó.

Figuras de primer, segundo y tercer grado me saludaban sin extrañarle mi presencia allí, sabían que yo era amigo de Robertico. No era de la gente que vendía entrevistas con presidentes. Lamento el hecho de que no escribiera sus memorias. Ojalá en algún sitio por ahí se encuentre un diario con tantas cosas de interés para el país.

Todas las mañanas y al atardecer tendré que acordarme necesariamente de Robertico, al ver mi mata de uvas de Neyba paridas: si no es porque vino y le dio cuidado a ellas, no las tuviera. Para él era un orgullo que yo dijera que esas uvas eran de las matas de Robertico. Un hombre trabajando con los grandes del país y de fuera, pero que nunca perdió la sencillez que su madre le aportó.

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