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Sobre la seguridad fronteriza

Ahora que por fin el gobierno dominicano parece interesado en establecer políticas serias que pauten las relaciones con Haití, incluyendo el control de la inmigración y la reglamentación de las relaciones comerciales, habrá que esperar una gran inversión para mejorar la vigilancia de la frontera, no sólo con mayor número de personal, sino también mejor equipado, justamente pagado y con adecuada tecnología y apoyo logístico general.

Los pasos fronterizos ya no son sólo de inmigrantes haitianos, sino que han cobrado una importancia capital debido al incremento del comercio, formal e informal, del que tanto beneficio obtienen los productores dominicanos, con una balanza comercial de cien a uno, probablemente las más desequilibradas del mundo. Y es casi la única con inclinación hacia la República Dominicana.

Por la frontera, especialmente por el segmento sur de Jimaní, transitan diariamente cientos de furgones de mercancías, incluyendo importaciones de la vecina nación a través de puertos dominicanos. Esta también deja beneficios a empresas transportistas y trabajadores nacionales.

Los mercados binacionales dan vida no solo a los exportadores dominicanos, sino también a las comunidades fronterizas, mediante una multiplicidad de servicios. Por ejemplo la prosperidad de la comunidad de Dajabón depende en gran parte del intercambio bilateral, con unas 800 habitaciones hoteleras, lo mismo que Juana Méndez y otras del lado occidental.

Hay un creciente tráfico hacia Haití de profesionales y empresarios dominicanos de la construcción que han aprovechado las oportunidades derivadas de la reconstrucción de la devastación sufrida por el hermano país hace cuatro años.

Arraigados prejuicios han dilatado las relaciones entre dos naciones unidas indisolublemente por la geografía ya que las fallas geológicas de la isla se extienden de oeste a este por lo que es casi imposible que las separe una hecatombe telúrica. Mientras más pronto nos entendamos mucho mejor será para ambas partes.

La precariedad de la vigilancia de la frontera es indicativa de la desidia con que se ha afrontado esa tarea, favoreciendo la trata de personas, la extorsión y la disposición de una abundante mano de obra incondicional y sin capacidad de reclamo, lo que a su vez degrada el salario en actividades productivas como la agrícola y la construcción.

El Cuerpo Especializado de Seguridad Fronteriza (Cesfront) es un botón de muestra, luego de 8 años de su creación. Con apenas 820 miembros, su actual director está a la espera de conseguir otros 250. Necesitaría por lo menos llevarlos a  mil 500, aunque reconoce que deberían ser 2 mil 500, es decir el triple del número actual. Desde su creación en el 2006 diversos comandantes han reclamado más personal para atender el desafío de la seguridad fronteriza, que no ha de ser solamente de carácter migratorio, sino también para prevenir todo género de tráfico, especialmente de drogas y armas.

No se puede entender que con unas fuerzas armadas de 55 mil miembros, no hayamos dispuesto siquiera de un cinco por ciento para atender la seguridad de una frontera de casi 300 kilómetros de extensión. Pero tiene que ser un personal bien entrenado, pagado adecuadamente, vigilado con recursos tecnológicos para evitar la tradicional corrupción, con suficiente equipos de transporte terrestre y aéreo.

Hay que alentar la esperanza de que se profesionalizará la seguridad fronteriza después que en Venezuela incentivaran a los dos gobiernos de la isla a iniciar una etapa de negociaciones y reencuentros. Como también en Miami convocaron al diálogo a los empresarios dominicanos y haitianos que tienen más cosas en común que desacuerdos, con un mercado total de 20 millones de personas, en perspectivas de fortalecerse en proporción directa al progreso económico y social de ambos lados de la isla.

Es una pena que extranjeros hayan tenido que convencernos de cuestiones que hace tiempo debimos haber asumido, por la prosperidad de ambos pueblos. Pero debemos resignarnos a que más vale tarde que nunca.

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