Redacción Internacional.- Ser mujer y participar en el mundo de los videojuegos en América Latina continúa representando un desafío marcado por el acoso, la discriminación y diversas formas de violencia que, en muchos casos, van más allá del entorno digital.

Aunque las mujeres representan actualmente una parte significativa de la comunidad gamer, especialistas y estudios recientes advierten que numerosas jugadoras aún enfrentan escenarios hostiles que las obligan a modificar su comportamiento o incluso ocultar su identidad para poder participar con mayor seguridad.

La participación femenina no reduce el acoso

Datos de Global Power of Play indican que el 48% de los jugadores en la actualidad son mujeres, una cifra que refleja una participación prácticamente equilibrada con la masculina y que desmonta la idea de que los videojuegos constituyen un espacio exclusivamente para hombres.

Sin embargo, el crecimiento de esta presencia no se ha traducido necesariamente en una reducción de los episodios de discriminación.

Especialistas señalan que la violencia dentro de las comunidades gamer suele minimizarse bajo el término “toxicidad”, aunque advierten que el problema va mucho más allá de comentarios agresivos ocasionales.

Fuente externa. Las mujeres gamer en Latinoamérica denuncian acoso y violencia que las lleva a ocultar su identidad y buscar espacios seguros.

Las formas de violencia pueden incluir:

Casos en México, Brasil y la región

Uno de los casos que evidenció el alcance de esta problemática fue el de Nathalie Jasso, jugadora de Ragnarok Online, quien relató haber sido víctima de espionaje digital después de que una persona conocida dentro del videojuego instalara un software malicioso en su computadora.

La situación impactó significativamente su bienestar emocional y cambió su percepción sobre la seguridad en los entornos digitales.

Otro episodio que generó preocupación ocurrió en Brasil en 2021, cuando Ingrid “Sol” Oliveira Bueno da Silva, de 19 años, fue asesinada por un jugador al que había conocido a través de una comunidad de videojuegos.

El caso fue considerado el primer feminicidio documentado en América Latina relacionado con este tipo de espacios virtuales y abrió un debate sobre los riesgos asociados a la violencia de género en comunidades en línea.

Las cifras también muestran la magnitud del problema. El informe “Estado del gaming en México” de 2025 reveló que el 50,2% de quienes juegan videojuegos en ese país son mujeres. A pesar de ello, una encuesta realizada por Latam Digital Marketing y Nivea indicó que el 77% de las jugadoras ha experimentado algún tipo de acoso en línea y más del 60% ha optado por utilizar nombres neutros o masculinos para evitar ataques relacionados con su género.

Asimismo, un estudio publicado por la organización Mujeres en VG en 2026, basado en respuestas de casi 3,000 mujeres de 12 países latinoamericanos, concluyó que el 73% ha presenciado situaciones de discriminación o acoso en comunidades vinculadas a los videojuegos.

Fuente externa. Una mujer juega videojuegos con un control, en el contexto de una nota sobre acoso y violencia contra gamers en Latinoamérica.

Autoprotección y exigencia a plataformas

Ante este panorama, muchas jugadoras han desarrollado mecanismos de autoprotección. Entre las estrategias más frecuentes se encuentran:

Algunas también han optado por abandonar juegos competitivos o reducir su participación en comunidades abiertas.

En respuesta a estas situaciones, han surgido colectivos y comunidades exclusivas para mujeres con el objetivo de crear espacios más seguros y de apoyo mutuo.

No obstante, investigadoras y especialistas consideran que la responsabilidad no debería recaer únicamente en las jugadoras, sino también en las plataformas digitales, empresas desarrolladoras y autoridades encargadas de establecer mecanismos de prevención y sanción frente a la violencia digital.

Expertos sostienen que, mientras no se implementen medidas más efectivas para combatir estas conductas, miles de mujeres continuarán adaptando su comportamiento para protegerse dentro de espacios que, en principio, deberían ofrecer igualdad y seguridad para toda la comunidad gamer.

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