Los días de lluvia y tormentas nos traen muchos recuerdos y el ocio nos permite escribir a cántaros. Yo que he visto y vivido tantas cosas en mi Ciudad.
Santo Domingo.– Ahí están las murallas de la Fortaleza Ozama,
contención de las aguas turbulentas del mar Caribe
y del río que les da su nombre,
fueron durante siglos el límite del poder y la defensa,
la piedra vigilante del primer fuerte militar del Nuevo Mundo.
A la sombra de sus torres y almenas
pasaron virreyes, soldados, prisioneros,
y con ellos la historia entera de la República.
Muchos siglos después,
bajo el sol ardiente de Ciudad Trujillo,
estas murallas volvieron a levantarse,
no solo como defensa,
sino como testimonio de una época:
la del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina,
cuyo régimen quiso eternizarse entre piedras,
símbolos y monumentos.
Hace ocho años mi Hermano el poeta Tony Raful en muy buena prosa escribió un buen artículo sostenIendo que esas murallas debían ser derribadas, y yo, un ignaro y atrevido poeta, le respondí así en mi muro de Facebook:
“Argumentarás, hermano,
que estas murallas
son expresiones de opresión e indignidad.
Argumentarás, hermano,
que debemos derribarlas
porque una tiranía las construyó.
Argumentarás, hermano,
y no eres un bárbaro del ISIS
que hizo cenizas las columnas imperiales romanas.
Argumentarás, hermano,
y argumentarás,
y argumentarás…
Pero estas murallas
también son recuerdo de una gesta de libertad.”
Entre esas murallas estuvieron detenidos muchos dominicanos,
testigos y víctimas del poder.
Aquí conocieron la sombra del encierro
y la luz del valor.
Desde estas mismas piedras,
en abril de 1965,
se alzaron las voces de la Revolución Constitucionalista.
El pueblo dominicano, junto al Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó,
y oficiales valientes como el Coronel Fernández Domínguez
y el Coronel Montes Arache,
defendieron la Constitución, la democracia y la soberanía nacional.
Las murallas que antes guardaron silencio
se convirtieron entonces en testigos de la historia viva.
Desde sus grietas resonaron los disparos,
los himnos,
los gritos de libertad.
Por eso,
más que reliquias de piedra,
estas murallas son memoria de la patria.
Son el eco de todas las generaciones que lucharon,
del dolor y de la esperanza,
del dominio y de la redención.
Y aunque el tiempo las erosione,
seguirán en pie,
no como homenaje a la tiranía,
sino como testamento de la historia dominicana.
Porque las piedras también hablan,
y en su silencio,
repiten todavía los ecos de aquel abril glorioso.