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Triste realidad de Duarte

Triste realidad de Duarte
Julio Martínez Pozo

Mofarse de la imagen del principal padre de la patria, que se exhibe en uno de los tres bustos y el Escudo Nacional que rodean nuestra Plaza de la Bandera, es burlarse de la situación en la que vivió en los últimos años de su vida el hombre que sacrificó todo para legarnos la dominicanidad, que, abatido por la enfermedad y la pobreza, envejeció prematuramente.

Ninguna imagen puede ser más real que la basada en la última y única fotografía que se conservó del patricio Juan Pablo Duarte, ni siquiera un dibujo directo, porque si lo hubo, corrió la suerte de todos los documentos que estaban en su poder a la hora del viaje postrero, de los cuales su tío, Mariano Diez, entendió corrían mejor suerte convertidos en cenizas y los lanzó a la hoguera.

La falla fue la de no haber aprovechado el desvelizamiento de los bustos para decirle al país que la grandeza del patricio no está en los rasgos que el pincel de un artista recreara en varios de los óleos que se hicieran con posterioridad, como el realizado en 1890 por Abelardo Rodríguez Urdaneta, el de más amplia reproducción en los textos escolares.

Duarte falleció en Caracas, Venezuela, el 15 de julio de 1876, tres años después de la única imagen que pudo recuperarse, la tomada en daguerrotipo por el fotógrafo venezolano Prospero Rey. Sus restos fueron traídos al país por órdenes del dictador Ulises Heureaux en 1884, ocasión para la que por primera vez se interpretó el después oficializado como Himno Nacional.

Sus monumentos, desde el primero hasta el último han estado agitados de polémicas. Desde que se habló de erigirle el primero, surgió el reclamo de los sanchistas que entendían que el mártir de San Juan reunía mayores méritos patrióticos para merecer un monumento, y que, si se hacía uno a Duarte, también debía hacerse otro a Sánchez que había sido “primero en la gloria, y primero en el sacrificio”, por haber tomado el liderazgo del movimiento independentista después que Duarte se vio obligado a salir al exilio huyendo de la persecución del presidente haitiano Charles Herard.

Pero Lilis era cabaloso y dos no es número de referencias importantes, las cosas grandes la integran tres, como la santísima trinidad: padre, hijo y espíritu santos; los tres reyes magos, los tres colores de la bandera; el lema del escudo: Dios, Patria y Libertad, entonces el altar patrio necesitaba un tercer integrante, también para atenuar la polémica entre duartistas y sanchistas, entonces dispuso que un tercero completara la trilogía, Matías Ramón Mella.

Volviendo a Duarte y a esa etapa final de su vida, su biógrafo más apasionado, Joaquín Balaguer, en El Cristo de la Libertad describe:

“En los primeros días del mes de julio de 1876, el médico que visita casi diariamente al enfermo transmite a las hermanas impresiones poco alentadoras. La vida de Duarte está próxima a extinguirse. Su cuerpo envejecido desaparece casi en el lecho. La frente ancha y pálida, golpeada por la fiebre, es lo único que surge de entre las sábanas raídas con su antiguo sello de serenidad ceremoniosa. Por fin, el 15 de julio, el prócer entrega su alma a Dios en una humildísima casa de la calle donde nació el libertador Simón Bolívar, después de haber recibido los auxilios espirituales…Su muerte fue como su vida: un acto de sublime resignación y de mansedumbre cristiana”.

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