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Tropezón, mal olor, ah, y los delincuentes

Tropezón, mal olor, ah, y los delincuentes
Rosario Espinal

Rosario Espinal

Me encanta caminar, recorrer poblados y ciudades donde me lleve la vida. Disfruto los olores que empuja el aire, observar el hábitat de ricos y pobres, ver gente lenta o apurada, y envolverme en algún pensamiento cuando mis pies deambulan por las calles. 

Santo Domingo es una ciudad llena de encantos y contrastes. El mar la reviste de azul y el Ozama, a veces cargado de lodo, la ensombrece. En algunos cachitos se divisan montañas, aunque el terreno es particularmente plano, y en los barrios de clase media y alta se erigen torres impensables hace apenas 20 años.

Pero con tantos hoyos, basura y delincuentes, Santo Domingo va perdiendo su encanto.

El riesgo de una caída en un hoyo mantiene a los transeúntes cabizbajos, atentos a un posible tropezón que produzca rotura o desguañangue.

Algunos hoyos son troneras de guerra, como uno que vi hace varias semanas en el Malecón. Otros son pequeños pero no menos traicioneros; a veces alguien los tapa de manera voluntaria con un pedazo de madera vieja.

Caminar en Santo Domingo es estar al borde de un colapso, es un riesgo constante, y prueba fehaciente de la falta de esmero con que el gobierno municipal y central atienden la cuidad.

En vez de desplazarse regocijados en grandes yipetas, bien haría a muchos funcionarios caminar para que vean la cantidad de hoyos que ponen en peligro la vida de los transeúntes. Tal vez así, después de algún tropezón, se motiven a arreglarlos.

Y si el problema es que los ladrones se roban las tapas del alcantarillado, entonces que se sancione el comercio ilegal de fundición del metales.

Junto a los hoyos, la basura arropa Santo Domingo. Hay desperdicios en la calle, en las cunetas, en los solares vacíos, frente a las casas y edificios. Con frecuencia el mal olor no se aguanta; indispone el estómago, reproduce roedores, y es un atentado a la sanidad urbana.

Entonces uno se pregunta: ¿y dónde están el síndico y los regidores? ¿Para qué fueron electos? ¿Por qué no hay un movimiento ciudadano contundente que enfrente a las autoridades en torno a estos problemas? No son nuevos, están empeorando, y su empeoramiento exige mayor y mejor intervención pública y privada.

A los hoyos y a la infesta se agregan los delincuentes que circulan por la ciudad como perros por su casa.

Las carteras, los celulares, los relojes y las joyas son blancos de ataque. Para salir a la calle hay que calcular la cantidad de dinero que se lleva en el monedero, dónde se coloca el celular, o si hay que quitarse el reloj y la cadena.

La gente lo dice en las encuestas y en las conversaciones informales: el miedo invade. No es capricho. En cualquier reunión familiar o de amistades es común escuchar más de un incidente de delincuencia: un apartamento robado, un mini atraco con revolver en manos, una cartera halada, o un celular arrebatado. Robar se ha convertido en un oficio. Y a eso se agrega los estrambóticos asesinatos en asaltos y ajustes de cuenta.

A pesar del sol radiante, del mar azul que reviste el litoral, y de la pujante industria de la construcción, Santo Domingo vive un proceso de deterioro urbano que sólo una gestión gubernamental eficiente y eficaz, unida a un movimiento ciudadano de preservación, podría revertir.

Si no, la ciudad se hará cada vez más invivible, un lugar donde la inseguridad, el miedo y el mal olor reinarán.

¿Y qué decir de Santiago? Ahí la delincuencia va ganándole a los hoyos y a la basura.

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