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Un trueno, un rayo incesante…

José Báez Guerrero.

Un rotundo trueno sigue al estallido de luz de un relámpago incesante. Sordo del estruendo y cegado por el destello, el primer hombre se azora. En su cueva, resguardado de la ira del Cielo, busca respuestas a preguntas que apenas intuye. ¿Qué habrá hecho él para merecer esto?

En otro remoto paraje del albor de los tiempos, no muy lejano de la cueva del azorado hombre vestido con pieles de fieras, un congénere suyo mira hacia la celeste bóveda sin nubes. Hace semanas que no llueve. El pasto se ha vuelto paja marrón, la vida se seca. ¿Qué ofensa suya habrá causado este rechazo del Cielo que le niega las aguas imprescindibles?

Pasan los años. En cada grupo o tribu se repiten las mismas preguntas sin respuestas. Sigue tronando, sigue habiendo sequía. Un buen día, uno recibe un mensaje divino que le explica el asunto. Comparte con los demás las noticias. Lo de los rayos sigue siendo un peligro, las explicaciones son confusas. Pero con la lluvia la cosa es distinta. Este baile en torno a un fuego con aguamiel de la que atonta seguramente agradará a las nubes y serán generosas. ¡Bailemos que lloverá!

Pasan los siglos. Así como se ha ido poblando la Tierra, desde aquel antiguo día en que bailaron para pedirle a las nubes preñadas de agua su parición de lluvias bienhechoras, cada tribu ha tenido sus brujos o chamanes encargados de asuntos misteriosos o sobrenaturales. Cansados de estar solos, los hombres han inventado tantos dioses como les puedan ser útiles. Los hicieron a su imagen y semejanza, iracundos y vanidosos, y en algunos casos hasta lujuriosos.

Milenios después, la cuestión requería pocas explicaciones. Desde antes de nacer ya cada niño o niña podía contar con que su existencia estaría bendecida por deidades especializadas en casi todos los afanes humanos y las inexplicables veleidades de la naturaleza, del aire, la tierra y fuego, el agua y hasta del Sol y las estrellas. Con tanta clase distinta de gente, comenzaron los problemas de homogeneizar tantas divinidades. Había que agradarlas imponiendo su creencia a las tribus vecinas que creían en cosas distintas. Lo ajeno a lo nuestro era pagano o bárbaro.

Casi doscientos mil años de humanidad transcurrieron hasta arribar al siglo de Pericles en Atenas. A varios filósofos griegos se les ocurrió la idea de un solo Dios. ¿Qué habrá sido del cristianismo sin ellos?

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