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Una campaña edificante

Una campaña edificante
Julio Martínez Pozo

La campaña electoral que ha llegado a su fin se caracterizó por un desequilibrio abismal entre un candidato con ideas bien depuradas sobre el tipo de nación que quiere impulsar y otro que ni se enteró que de lo que se trataba era de reflexionar con la sociedad en voz alta, comprometerla, esperanzarla, valorarla, entusiasmarla, movilizarla, escucharla y hablarle.

Para opacar esa diferenciación,  los sustentantes mediáticos del aspirante sin propuestas trazaron la tabla raza para tratar de igualar y se las pasaron pregonando que estábamos en una campaña carente de contenido, cuando el país pocas veces ha vivido una jornada más edificante.

Jamás tanta gente indiferente a la actividad política había decidido tomar partido, aunque fue la forjadora de la República, la clase media alta y mediana, jamás habían cultivado un propósito tan firme de colocarse detrás de un candidato, aún en  el momento en que las encuestas lo desfavorecían, pocas veces las mujeres de todos los segmentos sociales, habían expresado una inclinación tan determinante.

Esos apoyos los conquistó Danilo Medina, por varios factores: el peso de su trayectoria tan limpia que en una campaña donde se rebusca todo no apareció nada deshonroso que enrostrarle;  la capacidad que ha mostrado para conducir los asuntos del Estado;  la acogida de sus propuestas y la tasa de rechazo más el cúmulo de errores del contrario.

Cuando empezó a descontar diferencia se le quiso parar adelantando la guerra sucia, pero los efectos fueron mínimos, porque el crecimiento pudo haberse tornado más lento pero no se detuvo, mientras en la acera de enfrente se verificada la caída.

Uno de los factores que esta campaña dejará como referencia es la del valor de la unidad. El candidato que arrancó puntero no la privilegió por entenderla innecesaria por el nivel de su ventaja, y porque pensó y pregonó que su adversario no se uniría, esto es, que Leonel Fernández, no respaldaría como lo hizo a Danilo Medina, pero se le peló el billete, el Partido de la Liberación Dominicana  es la única organización política del país que actúa con espíritu de cuerpo, y como siempre lo ha hecho, se integró monolíticamente.

La campaña también ha colocado en otra dimensión el rol de la candidatura vicepresidencial, que esta vez no solo cumplió con la regla elemental de procurar una persona que no reste, porque surgió una con un gran valor agregado, que fue lo que precipitó la guerra sucia.

Es cierto que una campaña electoral es emoción, pero la emoción sin contenido no es una acompañante fiel. Temprano se creyó que una expresión surgida en desfile de carnaval se llevaría la joya de la  corona, pero en la etapa final quedó desgastada, y el hilo conductor resumido en tres expresiones fue haciendo su trabajo en cada segmento de un mercado integrado por personas que comparten las ideas de continuar lo está bien, corregir lo que está mal y hacer lo que nunca se ha hecho.

La campaña dominicana, como logró hacerla el PSOE con Felipe González, será una referencia exitosa de que un candidato con propuestas refrescantes puede encarnar la idea de cambio desde un partido en el Gobierno; ha reafirmado el refrán popular de que no van lejos los de adelante si los de atrás corren bien.

Lo más importante de la campaña es que ha insuflado optimismo al dominicano y que ha despertado ese espíritu emprendedor y ese coraje que siempre nos han sacado a camino.

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