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Una hora y 22 minutos de felicidad

El cantautor catalán Joan Manuel Serrat afirma en una canción que “uno de su calle le ha dicho que tiene un amigo que dice conocer a un tipo que un día fue feliz”,  que andaba con un sueño a cuestas, lo que preocupó a las autoridades del pueblo que se vieron obligados a decirles a los demás que no había peligro, que se trataba de un caso aislado.

No sé si deba confesarlo, corriendo todos los riesgos que conlleva, pero creo haber sido ese tipo. Sí, el 16 de agosto, hace apenas unos días, fui un hombre feliz, como hacía exactamente cuatro años, precisamente aquel otro 16 de agosto.

Los 16 de agosto de cada cuatrienio estreno una felicidad impensable cuando me siento frente al televisor a ver y escuchar al Excelentísimo Señor Presidente Constitucional de la República ofrecer su magnífico, extraordinario, pluscuamperfecto discurso dirigido a toda la nación, esta vez, estableciendo un récord mundial de 448 medios de comunicación que sin duda quedará registrado en el libro Güinness 2016.

Pero, como la felicidad dura poco en casa de pobres, esa alegría apenas duró una hora y 22 minutos, algo más que el de agosto del 2012 cuando juró, por “su madrecita santísima” que no se reelegiría bajo ningún concepto o circunstancia.

Creo –lo digo seriamente- que el pueblo debe hacer un paro nacional indefinido, con quemas de neumáticos, grapas en las calles, incendios de chatarras, para exigir, contundentemente, sin medir  las consecuencias, que el Honorable Señor Presidente Constitucional de todos los dominicanos y dominicanas, hable en la misma Asamblea Nacional donde pernoctan los senadores del barrilito, escáneres y Súper Tucano, los 7 días de la semana durante los próximos 4 años para que la bonanza, para que la alegría y la paz, no terminen nunca.

Ahora bien, si lo que solemnemente pido es imposible, “por improcedente y mal fundado” como dicen los jueces del Tribunal Superior Electoral y de las “Altas Cortes” cada vez que la oposición presenta un recurso, pido que la excelsa pieza oratoria del mandatario, para que  no se olvide ni quede en el vacío, se repita una y otra vez, de 6 de la mañana a 12 de la noche,  después del Himno Nacional, por los 448 medios de comunicación contratados por “su eminencia reverendísima”, el mago de la prensa, Roberto Rodríguez Marchena. (¿Vale?)

La felicidad de un pueblo no puede permanecer solo una hora y 22 minutos. ¡Protesto! Tener agua potable, energía eléctrica, seguridad segura, educación de calidad insuperable, viviendas dignas con aire y calefacción, salud moderna y gratuita, justicia garantizada, crecimiento económico inigualable, rascacielos y avenidas comparables con las de Estados Unidos y Europa, es algo único, un sueño del cual no quiero despertar nunca.

Por eso, Señor Presidente, mesías adorado en todos los templos durante  milenios gracias a la profecía, ordene usted, venerado Espartaco, Dios del Olimpo, hijo de Zeus,  que su discurso del pasado 16 de agosto se repita  durante los próximos cuatro años cuando hasta que  vuelva usted, vestido de blanco,  a dirigirse a la nación tras otra reelección.

Yo quiero seguir siendo el tipo que una vez fue feliz, como el de la canción de Serrat, porque debo confesarle Señor Presidente Constitucional, que me gusta vivir en el país que usted describió, no en esta porquería de país donde vivo con mi triste y miserable existencia, sintiéndome un ciudadano de quinta categoría, sin más derecho que el de morir en un intercambio de disparos o  durante un atraco.

Por favor, Presidente, siga hablando…

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