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Una imagen paradójica

Llegan los cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA) y su secretario general a la República Dominicana, a 51 años de haberse prestado a la legalización de una invasión militar que impidió el restablecimiento del orden constitucional que el soberano se había dado tras la decapitación de la dictadura, y somos testigos de un hecho explicativo de muchas cosas:

Un hijo del general Elías Wessin y Wessin vuelve ante la OEA, no a pedir desagravio por la afrenta de 1965 sino a que se entrometa de nuevo en las querellas de una democracia que ha alcanzado madurez para manejar sus asuntos, cosa que no fuera más que coherencia histórica sino hubiese llegado con otros acompañamientos: un hijo del doctor José Rafael Abinader (participante de la conjura para eliminar a Trujillo); una hija del doctor Manuel Aurelio Tavarez Justo, (que murió insubordinado contra el golpismo); y un hijo del escritor y poeta santiaguero, Juan Isidro Moreno; por vergüenza entendible no se prestó a la deprimente imagen, un hijo del doctor Marino Vinicio Castillo, honrado con el mismo nombre de su abuelo, quien hubo de pagar caro sus valientes denuncias de las atrocidades de primera invasión norteamericana a nuestro país.

La verdadera coincidencia es que retoman antorchas y procuran cosechas de siembras anteriores, y tal vez por eso se sientan tan mal con una sociedad que ha sido consistente, en decantarse por líderes que no han heredado nombres ni apellidos ni glorias.

Los que mataron a Trujillo, procuraban entre otras cosas, establecer el predominio del sector social que representaban, pero todo se le fue a pique porque el lugar que ellos hubiesen querido, por ejemplo, para un Donald Reid Cabral, nadie se lo pudo arrebatar a un muchacho de Navarrete, de tan precario recursos que por la necesidad de trabajar para ganar el sustento no podía venir a clase regular a la Universidad de Santo Domingo, ese, y no ninguno de los bien acomodados, se convirtió en el líder conservador más influyente que ha tenido el país.

Algunas personas insisten en explicar la obstinación de Juan Isidro Jiménez Gullón contra Juan Bosch en una diferencia por un problema de faldas, y la verdadera razón era que nunca  entendió porque el pueblo dominicano seguía a Bosch ni no a él, que por su formación y su tradición familiar se sentía mejor preparado.

El propio Bosch lo explica: “El se educó en Alemania y Francia y yo aprendí a leer y escribir en una escuelita rural en El Pino, cerca de La Vega…  El es nieto y bisnieto de presidente de la República… Yo soy nieto de un albañil… heredó el derecho a ser la más alta figura dominicana de su generación, y además tuvo medios con que adquirir la cultura indispensable para cumplir ese glorioso destino…”

El más importante de los líderes políticos que ha tenido el país después de ellos, José Francisco Peña Gómez, nació en una casucha en la Loma del Flaco, Mao; y ni Antonio Guzmán, ni Salvador Jorge Blanco, Hipólito Mejía, Leonel Fernández ni Danilo Medina, son hijos de padres que aparezcan en los libros de historia.

Y antes de Trujillo, el país que tuvo oportunidad de escoger a Francisco J Peynado, prefirió a Horacio Vásquez.

Algo ha percibido el elector dominicano en los políticos a los que les ha brindado su respaldo que no lo ha encontrado hasta ahora en los que se creen predestinados.

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