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Una mosca en el desayuno

Las referencias constantes de personas conocidas y la exposición en instagram de sus apetecibles desayunos, me motivaron a aceptar la invitación a un restaurante por parte de un amigo interesado en compartir y someter a crítica sus enfoques estratégicos de proyección profesional en la esfera estatal.

Cuatro comensales sentados en un ambiente “frescamente” decorado, frente a creaciones de alta calificación gastronómicas basadas en huevos y unos temas emocionantes, se vieron afectados por un inesperado ente intrusivo.

La mosca planeaba en el espacio aéreo de los platos; iba y venía en un recorrido aterrador de vuelo rasante que obligó a los contertulios a defenderse a manotazos con swing, con la esperanza inútil de llevarse de encuentro al insecto, convertido en tema obligado de conversación.

En un estado de indefensión, uno de nosotros apeló a la camarera, por cierto mal ataviada y con una presencia que establecía cierta arritmia con las exquisiteces ofertadas en el menú, que tampoco supo explicar bien (una buena narrativa es el principio del goce con los cinco sentidos de cualquier buena comida).

Su respuesta fue una sonrisita estúpida e indiferente, para luego terminar comentando que no sabía por qué estaba ahí esa mosca. La única salida fue entonces engullirnos el manjar a una velocidad indeseada para dejar al invertebrado volador sin pito ni flauta. La conversación se desarrolló con rupturas, sin la debida conexión y, a mi juicio, quedó inconclusa, gracias a la mosca.

Al día siguiente visité, para desayunar, uno de los restaurantes de un hotel recién inaugurado en el centro del Distrito Nacional. El diseño, los detalles materiales, el ecosistema propio de “un lugar para estar”, me impactaron positivamente. Los sabores, sencillamente impresionantes.

Pero todos esos elementos pasaron a un segundo plano cuando comencé a percibir las sonrisas amplias, sinceras, el interés por mi confort y mi satisfacción de parte de unas jóvenes muy educadas y mejor presentadas.

Hasta me invitaron a un recorrido guiado por el establecimiento que incluyó explicaciones inteligentes de sus tres restaturantes, los tragos en un bar de ensueño,  la visita a una glamorosa suite y al último piso que ofrece ángulos visuales de un Santo Domingo inédito.

Nadie volverá a verme en el lugar de la mosca, pero estoy seguro que retornaré a donde hallé las sonrisas francas.

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