SANTO DOMINGO.- El desempleo y el aumento de la pobreza derivados de la pandemia imponen una transición para desmontar los subsidios y evitar estallidos sociales. Víctor Bautista reflexiona sobre el tema en Dos Minutos.

En Centroamérica y República Dominicana la pandemia COVID-19 deja 2,800.000  mil nuevos pobres, el dato es una proyección del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

De esa cantidad de ciudadanos que entran a la pobreza, el 24 por ciento corresponde a nuestro país, en número redondos se trata de 677 mil seres humanos que se han quedado sin ingresos a causa básicamente del desempleo aquí en la República Dominicana.

Un aumento del seis por ciento de la pobreza en la región solo conduce a un camino, los desequilibrios que pueden terminar en estallidos sociales.

Hay que prestar mucha atención a este fenómeno desde las políticas públicas porque puede ser que dé al traste con los planes de recuperación.

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Para atraer inversiones e activar el turismo, la paz social y la seguridad que de ahí se deriva, es determinante. Por eso me resulta disonante, que los programas de subsidios sean cortados en forma brusca, sin tomar en cuenta el impacto que esto puede tener en la estabilidad social.

A veces los técnicos secos de los gobiernos solo ven números fríos y cifran su éxito en el control de indicadores como el déficit fiscal, pero la pobreza acorrala.

La pérdida de empleos con poca perspectiva de recuperarlos, desespera.  Las secuelas de ese estado de postración no siempre se pueden combatir con las represiones y los planes de seguridad, no quiero imaginar una reforma tributaria en este contexto, se impone hacer una transición razonable con los subsidios sociales creados en el marco de la pandemia y desmontarlos gradualmente en la medida en que se recupere el empleo.

Lo contrario sería crear una bomba de tiempo que podemos lamentar.