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“Unos de esos días de abril” de Pedro Conde

Narciso Isa Conde.

A mi querido primo Pedro, Perico-Pepe, como le llamamos en familia, no podía decirle que no cuando me escogió para comentar su hermoso, veraz y sobre-cogedor libro titulado  “Uno de esos días de abril”.

No es fácil recibir tan alta carga de emociones con el compromiso de tratarlas en público. A veces es mejor pasar las páginas protegido por el silencio, conteniendo con  manos trémulas los latidos del corazón.

Pero el cariño familiar, la admiración por su talento, el aprecio infinito por su forma de pensar y escribir y el poder de atracción de sus imágenes y reflexiones…se unieron al gesto singularmente solidario de Pedro para conmigo (por tratarse, en mi caso de una escogencia ajena al mundo de la literatura, pero riesgosamente inmersa en esta nueva “hora de los hornos”)… y todos esos factores me llevaron a decidirme por expresarle a ustedes lo que pensé y sentí a mi pasos por las líneas y entrelíneas de estos conmovedores relatos.

-Sábado, 24 de abril, 1965.

-En el palacio.

-En el camino de Santiago.

-El puente.

-Los vencidos.

-Los vencedores.

-La fortaleza.

-El asalto al cielo.

-La trinchera del honor.

-La debacle.

-La solución final.

-Un antes y un después.

Todos contados con la honestidad, la belleza, las emociones, la profundidad dialéctica y la humanidad de nuestro Pedro Conde.

Ejemplar aproximación a la verdad histórica

Es muy difícil- si no anduvimos permanentemente en pareja o cual siameses- constatar todo lo exactamente o matemáticamente preciso en esos escritos, o lo totalmente acertado o no de los juicios expresados por el autor de esta obra en cada una de esas narraciones. Más cuando al paso de los años de alguna manera nos “asalta” el “alemán”, provocándonos a unos/as y a otros/as vacíos, trastrueques y superposiciones de determinados pasajes y situaciones.

Pero debo decirle a ustedes, que desde mis intensas vivencias, desde las informaciones obtenidas individual y colectivamente, y desde mi participación a lo largo y ancho de ese proceso, puedo dar fe de la ejemplar aproximación de Pedro a los hechos acaecidos y su acertada interpretación de los momentos, despliegues de situaciones, conductas y prácticas ejercitadas; así como de sus justas y equilibradas valoraciones de las acciones propias, de lo sucedido en su entorno y de las características de las diferentes protagonistas de los episodios descritos por él.

Igual me parecen formidables sus análisis y comentarios críticos sobre aciertos y errores, fortalezas y debilidades, logros y reveses, virtudes y carencias exhibidas por los diversos componentes del movimiento constitucionalista en el accidentado curso de esa epopeya y específicamente en esos capítulos cruciales relatados por Pedro Conde Sturla.

Valiosas partes de una totalidad

Claro que lo escrito con maestría desde lo intensamente vivido, desde una militancia y un rol político definido y asumido, y desde inter-relaciones y convicciones muy concretas, como también desde lo inteligentemente captado en lecturas y testimonios excepcionales…no alcanza para proyectar ni la totalidad ni la suma de detalles relevantes de una gesta popular tan rica en iniciativas, en causas y efectos, en acciones y actores, en funciones complementarias y contradictorias, en el marco de escenarios diversos y situaciones muy variadas.

Pero es evidente que esta obra no tenía tal propósito. El autor optó concientemente por escoger esos episodios trascendentes de la insurrección y la guerra patria de 1965 -centrándose por momentos y confluyendo siempre- en el fascinante personaje de la viuda Pichardo (que no “cojonuda”, sino “ovariuda”), para desde su concepción del mundo, su militancia política, sus vivencias estremecedoras e impresiones imborrables proyectar al presente y al futuro aquellos momentos estelares que marcaron para siempre la vida y el quehacer revolucionario de nuestra generación en ese periodo estelar de nuestra historia.

Lo sobrecogedor de esta obra, integrada por doce relatos entrelazados, estriba precisamente en que su contenido y su forma brotan del alma rebelde de ese joven combatiente comunista y se expresan con la exquisita fluidez de un maestro de la pluma y de un ser humano aferrado de por vida a la franqueza y a la verdad.

En esta obra no hay ni falsificaciones ni fabulaciones que dañen la memoria histórica, por lo que su ejemplo testimonial debería multiplicarse para que la suma de vivencias así tratadas nos permitan contribuir a que las nuevas generaciones puedan aproximarse cada vez más al todo de ese formidable proceso revolucionario y a las esencias de esa gesta sin par.

La gran gesta del siglo XX

Al leer con emoción “Unos de esos días de abril” me reafirmé en la convicción de que estamos hablando del acontecimiento histórico más importante del siglo XX en nuestro país.

Cada detalle, cada descripción de lo acontecido, cada personaje -y en especial todo lo que se mueve alrededor de la viuda-madre, de La Madre-abril, de lo que encarnaba su ser y su modo de ser, nos dice que nuestro pueblo en aquellos meses que “estremecieron al mundo” estaba protagonizando, nada más y nada menos, que la segunda revolución democrática-popular del hemisferio occidental, a seguida de la cubana.

Algo que el Coloso del Norte -centro y gendarme del sistema imperialista mundial- decidió no permitir; poniendo en práctica una inédita contrarrevolución a cargo del ejército más poderoso del planeta, en el escenario de una pequeña y hermosa isla caribeña y contra un pueblo de unos pocos millones de habitantes. Inédita porque las anteriores intervenciones militares estadounidenses tuvieron la impronta expansionista del imperialismo emergente y no la determinación contrarrevolucionaria a la mayor intensidad una vez derrotado el poder de sus lacayos y alcanzada la victoria popular en el escenario nacional.

Tan formidable fue nuestra hazaña colectiva, que aun así -como bien lo relata Pedro- 42 mil marines armados a lo Rambo y Robocot, y acompañados de numerosos aviones, tanques, y acorazados, no pudieron tomar unas cuantas manzanas defendidas por 7 mil combatientes mal armados y mal nutridos.

Contrarrevolución a revertir

Pudo sí el imperio, en fin de cuentas, meter en prisión por décadas -y hasta la fecha -esta isla maravillosa; matar a destajo, torturar, aterrorizar, envilecer, enajenar, drogar, empobrecer, cooptar, controlar, dividir y dispersar las fuerzas sustentadoras de esa creación heroica.

Solo que -y con esto no peco de optimista- arribando al medio siglo de ese crimen de lesa humanidad, EE.UU. y todo el sistema capitalista mundial padecen la peor crisis de su historia, y sus instrumentos locales de dominación –aunque todavía preeminentes- presentan síntomas de putrefacción; mientras los ideales de aquel abril esplendoroso resucitan en todos los continentes, y especialmente en nuestra América insumisa.

Y que bueno que en este instante Pedro recree su adolescente rebeldía y le diga a los jóvenes de hoy que fue posible entrar con pantalones raídos al Palacio Nacional, tomar la fortaleza Ozama y ganar batallas como a del Puente Duarte.

Que exalte el valor de la desobediencia y la insumisión de la juventud de entonces, incluyendo el robo virtuoso de las armas depositadas en al carbonera de la calle Espaillat (Comando Buenaventura) para ser repartidas a personas de “experiencias” y no a “muchachos culos cagados”.

Y sería mejor aun que Pedro y todos/as los que abrazamos esa revolución inconclusa desde el mérito de no renegar de su pertinencia debidamente renovada, convoquemos a esa juventud de hoy a una nueva creación heroica, expresándoles que no es tarde todavía -y si sumamente imperioso- para asaltar el cielo y echar al basurero las mafias y crápulas que ocupan sus palacios.

La alegría remplazó la tensión inicial

Confieso que inicié la escritura de estas líneas bajo fuerte presión; pero concluyo alegre y distendido la encomienda, imaginándome las sonrisas espléndidas de Amadeo (El Camarón), el primo asesinado durante la revolución, de tía Hilda y tío Alfredo, abrazados por los tiernos brazos de Mamá, la tía Chelito, la última mohicana de los Conde Pausas, que desde su prolongada postración y su acogedor hogar, se ha convertido en espacio de amor y punto de convergencia y solidaridad de toda la familia; siempre siguiendo en detalles los pasos de Pedro, orgullosa como todos nosotros/as de sus valores y sus escritos.

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