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Urgente: El debate como ficción

Tony Pérez.

Una de las mañas del liderazgo dominicano, maña superada hace mucho en otros escenarios, es el transplante de modelos sin el mínimo de contextualización, solo porque han sido exitosos en países desarrollados. Su premisa es tan simplona y equivocada como espumosa: si funcionan bien allá, aquí también.

Y el recurrente afán por un debate entre candidatos presidenciales es uno de esos casos.

Nuestro papagayismo ancestral y el cultural complejo de Guacanagarix, nos obligan a retroceder dos pasos cuando avanzamos uno. Vivimos de copia en copia sin la mínima actitud crítica. Vivimos creyéndonos en que lo foráneo es mejor, solo por ser foráneo.

Plantear un “tú a tú” en este territorio insular, y a en este momentum, podría ser un excelente tubo de escape para la violencia verbal de algunos políticos, y hasta serviría, si no de entretenimiento, como catarsis del estrés provocado por sus diatribas a un electorado discapacitado ex profeso para descifrar los enigmas de los emisores.

Pero más nada. Un debate televisual y radiofónico aquí –creo–  no suma votos. Ni resta. Mucho menos ayudaría a la toma de conciencia ciudadana. Sería, en cambio, un show más. Una chercha más, en tanto la política dejó hace mucho, aquí, de ser algo serio; y eso que llaman opinión pública (que para algunos teóricos no existe) apenas ha aprendido a obedecer órdenes de sus comandos, porque instrucción escolar apenas tiene y sus intereses se limitan a buscar la comida del día. Sería algo así como una ficción pensar en que gente con hambre piense en otra cosa.

Si yo hubiese sido un Juan TH o un Adolfo Salomón (sé que son fieles a su amigo y compadre, no solo en campaña), habría motivado al candidato opositor Hipólito Mejía para que asistiera a un “debate” con el oficialista Danilo Medina.

A menos de un mes de las elecciones habría sido un excelente anti-estrés (como el de San Francisco de Macorís hace una semana) para quienes están cansados del tráfago político. Los chistes de Mejía, a menudo muy sosos, inoportunos y ofensivos, en esta ocasión hubieran sepultado el terror de sus asesores: la incapacidad de su asesorado para armonizar un discurso político convincente para los “pensantes” de la sociedad. Él habría cubierto nuestro acentuado déficit de emociones coyunturales. Y aseguro que un número insignificante de votantes le habría censurado.

Muy diferente a USA.

En el Estados Unidos de Obama (quiera Dios que gane otra vez este hombre, por una tragedia menos pesarosa para los hispanos), el debate se desliza por otra pendiente. Eso que opinantes mediáticos llaman opinión pública, participa allí con menos pasión por la política (no es fortuito que los porcentajes de votación sean menores que los nuestros). Y cuando lo hace, busca objetivos superiores a la comida del día.

Los sufragantes de allí no son ni más ni menos inteligentes que nosotros; solo han alcanzado otro estadio en un contexto socio-económico-político y cultural. Y décadas, tal vez siglos, duraron para lograr tales metas.

El primer debate televisual y radiofónico en el país norteamericano ocurrió el 26 de septiembre de 1960, entre John F. Kennedy, 43 años, y Richard Nixon, de 47.

Las elecciones serían el 8 de noviembre. El proceso lucía apretado y las prestigiosas cadenas NBC, CBS y ABC promocionaban “el frente a frente”. Kennedy, 14 años de senador demócrata; Nixon, vicepresidente republicano del presidente Dwight Eisenhower.

Los candidatos expusieron sobre diferentes temas ante 74 millones de telespectadores y radioyentes. En escena (televisión blanco y negro), un Nixon con barbas nacientes y negado a maquillaje; recién salido del hospital tras quince días de internamiento por una lesión en una de sus rodillas. Y un Kennedy juvenil, elegante, descansado, con camisa adecuada para el momento.

Allan Bonner, autor del libro “Political Conventions”, sostuvo que quienes siguieron el debate por radio, sintieron a Nixon más del confiado; pero quienes lo hicieron por TV, reconocieron más las estrategias de imagen y mensaje de Kennedy, conforme ADN Político.com.

No solo eso. “A partir de este debate” –afirmó Time, reconocida revista de periodismo interpretativo– Kennedy se convirtió en estrella (rockstar)–, y en el presidente más joven de Estados Unidos”.

Kennedy ganó las elecciones con un 49.7  del voto popular y un 56.4 del voto electoral. Nixon, 49.5 del voto popular y 40 por ciento del voto electoral.

Los expertos coinciden en que el debate giró la balanza, aunque varían en cuanto a las proporciones.

Tales confrontaciones son buenas para el crecimiento democrático de un país, pero aquí ni pensarlo por ahora. Aún son una ficción.

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