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Versiones sobre El Caribe: El del sueño tropical: ¿mito o realidad?

Solo tras haber observado varias veces un mapa del Caribe, comienza uno a  darse cuenta de la inmensidad y complejidad de su geografía.  En una primera ojeada rápida, la amplitud territorial de las Antillas Mayores impone su presencia fronteriza entre el Océano Atlántico y el Mar Caribe. La familiaridad que permite un mismo lenguaje compartido, en este caso el español con todas su ricas variantes, hace tentadora una unión política entre estas tres islas…Michelle Durán Ruiz[1]

Desde que inicié mi travesía sobre el conocimiento de El Caribe, como realidad histórica, cultural, económica, geográfica y social, entendí en el primer momento, que sobre este archipiélago de islas grandes y pequeñas, así como de los países continentales que son bañados por las aguas del Mar Caribe, existen múltiples mitos tejidos por los diferentes grupos sociales que han tenido que converger en este especial encuentro de culturas,  lenguas, etnias y razas.

A esta realidad se le agrega que El Caribe fue conquistado y colonizado por diversos Imperios que buscaban adentrarse en el dominio español. Para suerte o desgracia, quién sabe, tres de las islas que comprenden las Antillas Mayores, fueron conquistadas por España y se quedaron siendo españolas: Cuba, Puerto Rico, y una gran parte de la isla de Santo Domingo. Michelle Durán Ruiz[2] señala al respecto lo siguiente:

En su libro Los imaginarios sociales (Memorias y esperanzas colectivas), Baezko afirma que los lugares comunes se imponen como si fueran evidencias. El lazo lingüístico sería uno de estos lugares comunes, haciendo posible que los habitantes de estas islas puedan compartir muchos otros aspectos culturales, producto de una misma lengua común, como por ejemplo la música.[3]

Sin embargo, sigue afirmando la autora en su interesante trabajo, el panorama visual se va complicando, cuando aparecen las diminutas que parecen perderse en la vastedad del mar. “Es entonces cuando comienza… el carnaval geográfico convirtiendo a Cuba, Puerto Rico y La Española en solo una parte de ese todo, de ese gran espacio totalizador. Las diferentes lenguas y dialectos, la música y las diversas literaturas son solo algunos de los ingredientes de esta gran sopa cultural que se va cocinando día a día en Martinica, Saint Kitts o Barbados…”[4]

La autora se hace dos preguntas fundamentales: ¿Cómo definir y delimitar o caracterizar El Caribe? ¿Cómo construir una representación del Caribe, si ni siquiera es posible delimitar con facilidad sus límites geográficos? Buscando explicación buscó la obra de Antonio Benítez Rojo, La Isla que se repite, obra de la cual hablamos en entregas anteriores, y asume como suya la tesis del cubano, quien afirmaba que para definir al Caribe era necesario adoptar y asumir como suya una terminología flexible y plural; pues la denominación de caribeños corresponde y obedece a razones exógenas, que tienen como único propósito encuadrar una falsa imagen del ser colectivo.  “En todo caso, afirma la autora, para uno u otro fin, la urgencia por intentar la sistematización de las dinámicas políticas, económicas, sociales y culturales de la región, es cosa muy reciente”[5]

Asume, como propone Benítez Rojo, que para entender El Caribe, se impone realizar un viaje como un posible método de narrar las historias caribeñas de una zona esencialmente irregular en el pleno y amplio sentido de la palabra.  Y es precisamente, afirma la autora Durán Ruiz, en este viaje a la incertidumbre es que genera lo desconocido es que podría surgir una posibilidad, la cual, paradójicamente, de encontrar el centro en la misma diversidad; porque este viaje “de múltiples desplazamientos… se convierte para muchos escritores en una metáfora muy sugerente para construir diversas representaciones del Caribe”[6]

¿Qué significa entonces esa diversidad? Afirma que El Caribe no puede, en modo alguno, contenerse en un espacio fijo y estático, pues es fundamental el flujo constante.  El viaje, sigue afirmando, tiene que emprenderse, desde la diversidad, desde la inestabilidad económica de muchas islas.

Entonces, ante esa adversidad, ¿es posible el sueño de la confederación caribeña? Afirma que la única viabilidad de esta utopía es que debe pensarse desde la representación flexible, de nacionalidades flotantes. En sus palabras:

En este milenio habría que hablar no tanto de países, sino de nacionalidades “flotantes”. Este concepto disputa seriamente la idea de una confederación caribeña si se define solo a base de los que viven en las islas y excluye a todos aquellos que estén desplazados en la diáspora… A pesar de que la fragmentación en esta representación caribeña… es evidente, igual de obvio es la resistencia de estas nacionalidades a no morir.[7]

En definitiva, El Caribe es una realidad difícil de entender, difícil de explicar, difícil de definir y difícil de vislumbrar una utopía común, un sueño eterno de caribeños pensadores, escritores, políticos y, por qué no, de soñadores también.

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