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Vía contraria

El presidencialismo, una praxis arraigada en la cultura política dominicana, siempre ha motivado la crítica de la sociedad civil y –en particular- de sectores privados demandantes de un Estado regulador institucionalizado, un árbitro ágil, oportuno  y basado en la legalidad.

Este modelo de intervención gubernamental –en que todo gira alrededor del presidente, hasta la decisión más nimia susceptible de ser resuelta por cualquier oficinista- es promovido en la práctica por los mismos que lo objetan.

La contradicción es parte de esa secuela transhistórica del trujillismo que, al parecer, se aposenta en el mapa genético del ser dominicano, perpetuando el síndrome del jefe en todas las instancias.

El presidente es una leyenda; un héroe que fascina con sus acciones, con lo que calla y con lo que dice, con lo que hace y deja de hacer, provoncando múltiples lecturas, interpretaciones, adivinanzas y apuestas.

De ahí que el actual presidente haya construido un inmenso colchón de popularidad tirándose a la calle como oficial de credito, que presta a los pobres, abraza, da palmaditas y escuha, pero sin haber impulsado una sola reforma estructutural.

El paradigma del rey sin corona no es simple expresión del folklor político. Trujillo enseñó que un presidente es sobrenatural y la idea ha quedado con sentido de permanencia.

El “llamado al presidente” es la frase cohete más común en los comunicados de poderes fácticos, ese vetusto recurso de comunicación vertical que todavía es usado en el país para tratar de influir en las tomas de decisiones oficiales, aunque no concite lectoría.

El presidente es el todopoderoso, la omnipresencia o el factor curtido en la ubicuidad con el que todos quieren estar bien. Es la figura más adulada e idolatrada, especialmente por los limpiasacos y chupamedias adheridos al más abyecto favoristismo como forma de supervivencia.

“Por orden expresa del presidente”, “atendiendo a las directrices del mandatario”, “interpretando la voluntad del gobernante”, “siguiendo las líneas del primer ejecutivo de la nación”, y otras afectadas expresiones con pronunciación engolada, forman parte de la antología favorita de los lambiscones.

Seremos una nación institucionalizada cuando poco importe quien sea el presidente si los mecanismos del Estado son eficientes y continuos.

 

 

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