Santo Domingo.- En una esquina viva de historia, donde los pasos de turistas se mezclan con el eco de siglos pasados, don Roberto Almonte de León ha construido mucho más que un negocio: ha tejido una vida entera entre colores, risas y cultura dominicana.

En la emblemática Zona Colonial, justo en la intersección de las calles Santomé y El Conde, su quiosco de artesanía típica se convierte en una parada casi obligatoria para quienes buscan llevarse un pedacito auténtico del país.

“Ver mucha mujer aquí hermosa y elegante. Esa es la experiencia más bonita”, dice entre risas, con la espontaneidad que solo dan los años y la confianza en su oficio.

Su respuesta, inesperada y cargada de picardía, rompe el hielo y pinta de inmediato el ambiente cercano que lo rodea.

Ha logrado sostener a su familia durante más de dos décadas

Pero más allá del humor, Roberto habla con cariño de su día a día. Lleva aproximadamente 22 años vendiendo artesanía, tiempo suficiente para ver generaciones de turistas pasar y también para levantar a su propia familia.

“Claro que sí”, afirma cuando se le pregunta si ha podido sostener a los suyos con este trabajo. “Son grandes y estudiosos todos”.

Su negocio, sin embargo, no se mide en cifras exactas. Para él, las ventas no responden a promedios ni estadísticas.

“No hay promedio… uno se mantiene con ello”, explica. Y en esa sencillez se esconde una verdad que comparten muchos trabajadores del sector informal: la estabilidad no siempre es numérica, pero sí constante gracias al turismo.

El valor de lo típico y el sustento diario

El puesto de Roberto es un pequeño universo cultural: guitarras en miniatura, tamboras, maracas, pelotas de béisbol, cartas y piezas de larimar, la piedra semipreciosa que identifica a la República Dominicana.

Cuando se le pide elegir una favorita, se resiste. “Todo me llama la atención porque yo las veo típicas todas”, dice, reafirmando su conexión con cada objeto.

Su espacio no es solo un punto de venta, es también un lugar de encuentro. Allí se entretiene, conversa y observa la vida pasar, mientras el turismo mantiene vivo su sustento.

Quienes deseen encontrarlo no necesitan más que recorrer las calles de la Zona Colonial. De martes a domingo, Roberto está ahí, fiel a su esquina, ofreciendo más que artesanía:

Una historia viva, contada entre risas, tradición y resiliencia.