Por: Ana Campos

Hay artistas que llegan al escenario para interpretar historias, y hay quienes, con el paso del tiempo, sienten la necesidad de comenzar a construir las propias. En Robelitza Pérez, ese tránsito ha sido parte esencial de su evolución profesional y personal.

En su trabajo creativo aparecen con frecuencia la memoria, la identidad, los vínculos y las relaciones humanas. No se trata, sin embargo, de una fórmula preconcebida. Son temas que han ido apareciendo a partir de la observación de la realidad y de su propia historia.

Robelitza Pérez explora el silencio masculino en la obra «Solos»
Robelitza Pérez explora el silencio masculino en la obra «Solos»

La identidad dominicana y caribeña despierta especialmente su curiosidad. También las relaciones humanas y esos vínculos que, muchas veces, revelan quiénes somos y qué partes de nosotros mismos permanecen ocultas.

Sus historias pueden comenzar de maneras inesperadas: una frase, una fotografía, una experiencia personal, una inquietud o algo observado a su alrededor. La música y la pintura también forman parte de ese universo creativo, al igual que las obras de Juan Rulfo y Juan Bosch, autores que forman parte de sus lecturas habituales.

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Esa capacidad de observar lo cotidiano y encontrar allí conflictos más profundos atraviesa, precisamente, «Solos».

La obra parte de una escena aparentemente sencilla: cuatro hombres acostumbrados a reunirse para jugar dominó, en la esquina de un barrio. Pero, cuando uno de ellos no llega al encuentro, su ausencia comienza a abrir preguntas que van mucho más allá de una partida interrumpida.

Lo que parecía una reunión habitual se convierte, entonces, en un espacio para revisar sus propias vidas, aquello que hacen, lo que dicen y, sobre todo, todo lo que han guardado en silencio durante años.

A partir de esa situación cotidiana, Robelitza construye una historia íntima y profundamente humana que pone sobre la mesa la masculinidad dominicana, las emociones reprimidas y la necesidad de crear espacios donde los hombres puedan hablar de sus miedos, sus presiones y su vulnerabilidad.

La pieza nace precisamente de esa necesidad de generar conversación sobre una realidad que suele permanecer invisibilizada. Más que ofrecer respuestas, «Solos» busca provocar una mirada hacia adentro.

Hay cosas que los hombres no dicen”, parece plantear la obra desde su propio título. Y en ese silencio encuentra Robelitza un territorio dramático desde el cual explorar no solo a sus personajes, sino también una parte de la sociedad dominicana.

El montaje cuenta con las actuaciones de Gilberto Hernández, Miguel Oniel y Richarson Díaz, quienes interpretan personajes atravesados por sus propias historias, conflictos y emociones.

La producción está a cargo de Karina Valdez y Solanyi Muriel, quienes apuestan por una propuesta que combina una historia cercana con una puesta en escena destinada a trascender el escenario y abrir un diálogo sobre la salud mental masculina.

«Solos» se presentará del 20 al 23 de agosto de 2026 en Casa de Teatro. Las boletas están disponibles a través de @tix.do.

Para Robelitza, esta obra representa también una continuidad de las preguntas que han acompañado su trabajo: ¿qué escondemos?, ¿qué callamos?, ¿qué dicen nuestras relaciones sobre nosotros mismos? Y, quizás, ¿qué ocurre cuando finalmente encontramos un espacio para hablar?

El arte de encontrar una voz propia

Su carrera comenzó desde la actuación, una disciplina que todavía ocupa un lugar fundamental en su vida, pero el oficio fue abriendo nuevas puertas.

Con los años descubrió que también tenía historias que contar, inquietudes que expresar y preguntas que explorar. Así se acercó a la dramaturgia, al guion, la dirección y la docencia, hasta convertir esas distintas facetas en partes inseparables de su identidad artística.

Mi lugar como artista no tenía que limitarse a interpretar las historias de otros”, explica al recordar ese proceso de descubrimiento. Para ella, crear también significa cuestionar la realidad, observarla con detenimiento y acompañar a otros en el encuentro con sus propias voces.

Su formación en la Escuela Nacional de Teatro representa uno de los momentos que más ha marcado su vida.

A esta experiencia suma la Maestría en Guion Cinematográfico de INTEC y su integración al Teatro Rodante Dominicano, compañía estatal cuya misión de llevar el teatro a distintos rincones del país le ha permitido conocer a personas que, en algunos casos, tienen su primer contacto con una obra teatral.

Además, forma parte de Otro Teatro, espacio desde el que ha participado en diversas producciones escénicas y audiovisuales.

Teatro dominicano: talento que resiste

Su mirada sobre el teatro dominicano combina preocupación y esperanza.

Considera que una de las principales dificultades no está necesariamente en la capacidad creativa de los artistas, sino en las condiciones que permiten sostener una carrera. La falta de incentivos y de políticas culturales que estimulen el desarrollo del teatro aumenta la carga para quienes intentan vivir de este oficio.

Sin embargo, observa un panorama activo. Cada fin de semana, dice, existen propuestas teatrales en espacios infantiles, bares y salas independientes. Nuevas dramaturgias, jóvenes directores, nuevas producciones e iniciativas como la improvisación muestran, a su juicio, que el teatro dominicano mantiene una importante vitalidad.

Para Robelitza, una de las mayores fortalezas de la dramaturgia nacional es, precisamente, su diversidad. La historia dominicana, su complejidad y una identidad que permanece en construcción ofrecen un amplio territorio para la creación.

También reconoce la existencia de voces capaces de abordar la realidad desde perspectivas críticas, humanas y cercanas, sin dejar de lado un elemento profundamente dominicano: el humor como forma de relacionarnos con aquello que vivimos.

Su apuesta para el futuro es clara: más incentivos para la dramaturgia, concursos para jóvenes, festivales dedicados a la creación teatral dominicana y espacios donde los autores puedan desarrollar sus textos, recibir acompañamiento y llevarlos, finalmente, a escena.

Enseñar también es crear

La docencia ocupa otro espacio importante en su vida. Y, desde allí, intenta desmontar una idea que considera frecuente: que, para actuar, basta con tener talento.

Para Robelitza, la actuación es un oficio que exige entrenamiento, estudio, observación y disciplina. El cuerpo y la voz deben trabajarse; también la capacidad de escuchar y las herramientas para enfrentarse a un personaje. Y, sobre todo, hay que aprender a convivir con el error.

A los jóvenes que aspiran a vivir del arte les habla de resistencia. No de velocidad.

Sabe que habrá proyectos que no se concretarán, oportunidades que no llegarán y períodos en los que parecerá que nada ocurre. Pero insiste en la importancia de continuar estudiando, creando y buscando.

En su visión del oficio, el talento es apenas el punto de partida. La disciplina es la que permite convertirlo en una verdadera herramienta artística.

La mujer detrás de las historias

Más allá de los escenarios, los textos y las aulas, hay una Robelitza profundamente vinculada a la música.

La música ha sido para ella una forma de comunicación y una manera de conectar con los demás. Incluso ha representado un lenguaje especial en su relación con su padre: aquello que en ocasiones no se expresa directamente puede compartirse mediante una canción, un ritmo o una melodía.

Esa relación termina filtrándose en su trabajo. Está presente en la construcción de atmósferas, en la manera de pensar los personajes y en su forma de acercarse a las historias. Es, quizá, una de las huellas más íntimas que deja en aquello que crea.

Las primeras obras de su carrera fueron también las más difíciles, no necesariamente por su complejidad técnica, sino porque entonces todavía estaba descubriendo quién era como artista. La inseguridad que acompaña los primeros pasos ha ido dando paso a una mayor confianza en su trabajo.

El camino artístico, reconoce, ha tenido un costo: estabilidad y tiempo. Elegir el arte ha significado muchas veces optar por una ruta menos segura y menos cómoda.

Pero también ha recibido algo inesperado: una conexión más profunda con sus raíces y su identidad. La lectura y la investigación para sus proyectos le han permitido acercarse a su mundo interior y reencontrarse con partes de sí misma.

Quizás por eso sus historias terminan hablando tanto de los demás como de ella. Cada personaje, cada conflicto y cada pregunta se convierte, de alguna manera, en una forma de explorar aquello que somos y aquello que todavía estamos intentando comprender.

Volver la mirada hacia atrás

Quizás la respuesta que mejor resume a la artista y a la mujer detrás de ella llega cuando imagina una conversación con la Robelitza que comenzaba su carrera.

No le hablaría de éxito inmediato ni de fórmulas para evitar las dificultades. Le pediría que confiara más en sí misma.

Porque si algo ha aprendido durante estos años es que el camino artístico no siempre es lineal, pero puede encontrar maneras inesperadas de llevar a una persona hacia aquello que realmente desea.

Robelitza Pérez sigue actuando, escribiendo, creando y enseñando. Son distintas formas de relacionarse con las historias, pero también distintas maneras de comprenderse a sí misma.

Ahora, con «Solos», vuelve a utilizar el teatro para mirar una realidad que permanece muchas veces detrás de las apariencias: hombres que sienten, que tienen miedo, que cargan presiones y que también necesitan espacios para decir lo que durante años han aprendido a callar.

En ese sentido, la obra parece resumir buena parte de su propia evolución como artista. Aquella joven que comenzó interpretando las historias de otros encontró, con el tiempo, la necesidad de escribir las propias.

Y en ese recorrido hay una certeza que permanece: el arte no solo le ha permitido contar historias. También le ha servido para preguntarse quién es, de dónde viene y qué quiere decir sobre el mundo que le ha tocado vivir.