El costo político es el factor que más retraso ha provocado en la República Dominicana.


Ojalá que algún día se pueda hacer un análisis a fondo de este fenómeno, pasando por lo social, lo económico, lo político, lo sociológico y hasta lo antropológico.


Es que el llamado costo político ha impedido en el país las grandes reformas, y la comprensión del desarrollo.


Nuestros gobiernos se han decantado todos por el populismo, ofrecen todas las transformaciones posibles desde la oposición, pero cuando llegan al solio presidencial es como si entraran a un cepo y pierden toda la libertad.


El costo político es mucho más condicionante en la medida en que crece la sed de poder y el continuismo se instala en la cabeza de quienes nos dirigen.


Se trata de un fenómeno que impide a los presidentes dejar un legado respetable, pues todas las decisiones tienen que negociarlas con su clientela. Eso es muy grave.


Por eso, nos ha dado trabajo lograr que la gente pague los servicios públicos: la luz, el agua, la basura, y cumpla con sus deberes formales ante el fisco. No hay cena gratis.


El maldito costo político siempre nos lleva a hacer reformas tributarias cojas, que flaquean, y a no promover la minería, por ejemplo, como un instrumento de desarrollo.


El costo político nos doblega y, en definitiva, nos ancla en un puerto alrededor del cual damos vuelta, pero nunca partimos.