La lengua es una experiencia social y cada quien se expresa con ella en función de varios factores en los que entran:


-Su cultura

-Su contexto

-Su interpretación de la realidad y hasta sus prejuicios.


En ese sentido, resulta algo inútil el debate que tiene lugar sobre los intérpretes explícitos de ritmos urbanos y quienes prefieren otros géneros.


En ese tipo de controversias la subjetividad pesa mucho, pero también la moral, lo religioso y lo ideológico.


Dada esta razón, mi opinión es muy particular sobre el fenómeno y no pretende ganar adeptos.


El arte, desde mi punto de vista, transforma, edifica, eleva los valores humanísticos, nos hace mejores personas y produce goce estético.


El arte puede ser subversivo, revolucionario, pero aún así tiene que construir.


Quienes se decantan por las manifestaciones rítmicas urbanas tienen sus derechos y yo los respeto.


Nadie puede ser privado de hacer su catarsis -siempre que no viole las leyes establecidas- para convertirse en evangelista de la vulgaridad, exégeta público de la perversión o profeta de la sexualidad descarnada y violenta.


Quizás haya que lamentar que patologías que deberían ser tratadas en cuartos psiquiátricos privados, por ser personales, se conviertan en asuntos públicos.


Insisto, cada sujeto ve al mundo desde su prisma y, por tanto, nada puede impedir que quienes así lo deseen conviertan el horror lingüístico en su estética preferida. Eso es muy personal.