Uno que está expuesto diariamente a las noticias y a las opiniones desde hace años, puede llegar a la conclusión de que en la República Dominicana todo está condicionado a una suerte de circularidad.


Quiero explicarme de la manera más llana posible: Los procesos políticos, que impactan en el desarrollo, ocurren en una rotonda.


Algunas partes de la historia del país son circulares. No llegan a ninguna parte.


Llevo años escuchando los mismos diagnósticos sobre la economía, las finanzas públicas, las políticas sociales, la gestión del Estado, la corrupción.


Las campañas políticas son el escenario donde más afloran esos diagnósticos que, en conjunto con las promesas, aseguran una plataforma de ilusiones.


El problema está en la ejecución y no es precisamente por incapacidad técnica, falta de conocimiento o de recursos.


Es porque el clientelismo resulta eficiente y hace su trabajo. Se trata de un fenómeno que opera como un sumidero: todo se lo traga e impide que las cosas fluyan.


El otro lado de la historia es el populismo. No pierdo la capacidad de asombro ante la agenda de temas importantes para el país que se aplazan porque, sencillamente, comprometen la popularidad de los gobiernos.


Vivimos atados al síndrome de la rotonda, dando vueltas para enfrentar los problemas, pero sin hallar salidas. Esto suena pesimista, pero vale la pena abordarlo por su nivel de gravedad. La conclusión es que nuestro mayor problema está en la calidad de la política.