Santo Domingo.- Antes de atravesar la capital y desembocar en el mar Caribe, el río Ozama nace entre montañas, bosques y aguas cristalinas en la loma Siete Cabezas de Yamasá, en Monte Plata.
Desde allí recorre unos 148 kilómetros y atraviesa una historia marcada por el sustento de comunidades, el desarrollo de Santo Domingo y, más recientemente, por los efectos de la expansión urbana y la contaminación.
Durante siglos, el Ozama fue una vía de comunicación, transporte y abastecimiento para muchas familias. Su relación con la ciudad se remonta a sus primeros años y todavía permanece ligada a la Ciudad Colonial, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1990.
- Nace en Yamasá y recorre 148 kilómetros hasta el mar Caribe.
- Fue vía de transporte y sustento, pero hoy enfrenta contaminación y presión urbana.
Un río ligado a la historia de Santo Domingo
Para quienes viven cerca de su cabecera, el Ozama continúa siendo parte esencial de la vida cotidiana. Eladio Ramos, residente en la zona desde 1965, asegura que sus aguas siguen siendo fundamentales para las comunidades.
“Este río significa, como quien dice, la vida de nosotros, porque de ahí es que nos surtimos del agua y el agua es la vida”, expresó.
Su importancia también está ligada al desarrollo histórico de Santo Domingo. El ambientalista Eleuterio Martínez resume esa relación al señalar que “la historia del Nuevo Mundo se escribió sobre las aguas de este río”.
El historiador Bernardo Vega explica que durante décadas el Ozama fue una de las principales vías para movilizar personas y mercancías hacia la ciudad. Por sus aguas llegaban productos esenciales para la vida diaria.
“Se traía el carbón con que cocinar, con que alumbrar… Hasta más o menos 1850, 1860, la ciudad daba al río. Las casas principales miraban hacia el río”, recordó Vega, quien plasmó parte de esa historia en su libro Me lo contó el Ozama.
El río también fue durante años un espacio de recreación. Vega relata que muchas familias acudían los fines de semana a zonas como Los Mina y el Cachón de la Rubia, de una manera similar a quienes hoy visitan las playas.
En las décadas de 1980 y 1990, el Ozama también sirvió de escenario para competencias de remo, canotaje, carreras de lanchas y exhibiciones de jet ski, actividades que reunían a cientos de personas en la avenida del Puerto.
Parte de esa memoria fue recogida recientemente en la exposición fotográfica “El Río Ozama: un viaje por la memoria”, presentada en la Plaza de la Cultura, con imágenes que mostraron etapas del río desconocidas para muchos ciudadanos.
De patrimonio natural a río golpeado por la contaminación
A lo largo de sus riberas todavía permanecen especies de vegetación autóctona de gran antigüedad. Martínez destaca la presencia de ceibas y caobas centenarias y milenarias, que considera parte de un patrimonio natural que ha sobrevivido durante siglos.
Sin embargo, el panorama cambia a medida que el río se acerca a Santo Domingo. La expansión urbana, los residuos y la contaminación han deteriorado sus aguas y sus riberas, con consecuencias para las comunidades y las personas que dependen directamente del Ozama.
En su entorno también se encuentra el Parque Nacional Humedales del Ozama, cuyo acceso principal, según Martínez, es por vía acuática.
Pese al deterioro ambiental, el río continúa siendo navegable. Martínez, quien afirma haberlo estudiado durante más de cuatro décadas, considera que todavía existe potencial para aprovecharlo como atractivo turístico y ambiental, especialmente por su cercanía con la Ciudad Colonial.
“Tú te imaginas que de aquí a la zona colonial tú puedas montar a cualquier turista que ya terminó de ver todos los monumentos, te montas en una embarcación y va a ver lo que había de naturaleza cuando llegaron los españoles”, planteó.
La historia del Ozama refleja así dos realidades: la de un río que ayudó a sostener comunidades y acompañó el crecimiento de Santo Domingo, y la de un cauce que hoy enfrenta contaminación, residuos y presión urbana.
La situación de quienes viven y trabajan en sus orillas, especialmente los pescadores, forma parte de la segunda entrega del reportaje especial “Ozama: Sustento y olvido”.