Gabriel Boric, un joven de 35 años, es el presidente electo de Chile.


En marzo se instalará en el Palacio de la Moneda bajo grandes retos.


Él puede interpretarse como un cuestionamiento de la sociedad al modelo político.


Pero también podría ser el símbolo del disgusto por el manejo del Estado como proveedor de servicios públicos y de bienestar ciudadano.


En 2006, 2011 y 2019 Chile ha tenido estremecedorras manifestaciones, especialmente protagonizadas por estudiantes.


Es decir, desde años se verifica un cansancio, una inconformidad con el sistema político prevaleciente.


Los chilenos han estado muy inconformes con la gestión de una economía que, desde su óptica, impone la inequidad.


Hay serios cuestionamientos a los servicios públicos, como el transporte y el sistema de retiro de la vida laboral.


Gabriel Boric tiene experiencia como diputado y como dirigente de masas estudiantiles.


Nada de eso es equiparable a la tarea de asumir el mando de una nación con la economía que más ha crecido en las últimas décadas.


Responder a las expectativas de un puñado de estudiantes, no es lo mismo que hacerlo a 20 millones de habitantes, el 30% de los cuales es vulnerable.


El joven presidente podría marcar la pauta de una transición política en América Latina, para bien o para mal. Esperemos.