Caminando por una de las calles principales del Distrito Nacional un taxista de hotel, tradicional, me detuvo para solicitarme un comentario sobre la situación del sector que representa.


El señor, que ha levantado una familia a base de 30 años de trabajo, trasladando turistas, me dijo que él y muchos representan el servicio de taxi decente.


¿A qué se refería? Conductores bien vestidos, en chacabana blanca, autos limpios y en buenas condiciones, lo cual implica un esfuerzo y una inversión.


Desde su punto de vista, los taxistas organizados bajo ese esquema forman parte de la mejor cara del país.


Al final de todo su deseo era resaltar el riesgo de afectación negativa de su negocio ante la irrupción de las plataformas móviles de transporte, un nuevo fenómeno de la economía digital.


Es esperable que las políticas públicas y los mecanismos de regulación de la competencia pongan el orden para evitar salvajismo en el mercado, garantizar buenas prácticas y equilibrio en la oferta de bienes y servicios.


Sin embargo, tengo que decirle al amable taxista que los negocios de estos tiempos que no asumen la innovación y la oferta diferenciada como bandera, están llamados al fracaso.


La nueva economía no tolera los emprendimientos que hacen siempre lo mismo, en rezago, sin creatividad, acomodados en mercados que creen cautivos, cuando en verdad los consumidores hoy son más infieles e irreverentes que nunca.


Retener clientes es una tarea titánica y obliga a reinventarse cada día. Este mensaje va a los agentes económicos en general como una lección aprendida.