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Violencia doméstica en gays y lesbianas

Justifican una cosa y su contraria, las autoridades, cuando manipulan sus creencias, complejos y prejuicios al fijar la violencia doméstica, en la masculinidad o feminidad de las personas.  Nadie ha probado que la agresividad sea un resultado del hecho natural de ser macho, aunque si la podemos consignar como lo contrario del miedo. Y este sentimiento lo expresan ambos géneros.

Usar la fuerza directa o indirectamente en aras de alcanzar un objetivo particular o colectivo, venga de donde venga en el hogar, es violencia doméstica.  Pero la pareja de homosexuales o de gays lesbianas está dentro de los contrastes sociales y políticos, que surgen con la fractura de las creencias y costumbres tradicionales de la familia.

Soslaya el sistema político y social las consideraciones que merecen estas uniones de hecho o las parejas concertadas, donde en un matrimonio “Heterosexual” el hombre tiene un amante homosexual o ella puede tener un amante lesbiana, y nada que ver con el amante lesbiano de José Luís San Pedro, son estas realidades las que nos conducen al rechazo de la ideología política de género, en el tratamiento político de la violencia doméstica.

Sobran los ejemplos de violencia domestica entre uniones homosexuales y de gays lesbianas, aunque permanezcan fuera de los registros oficiales, de medios de comunicación y del debate.  Sin embargo, ni el Ministerio Público, ni la Policía dán a conocer los episodios de violencia que, con mucha frecuencia se presentan en bares y discotecas de gala, orientados para estos colectivos.

Entramos con las parejas homosexuales y de gays lesbianas en el mismo escenario del poder, que con las parejas heterosexuales, aunque con un riesgo mayor de agresividad, en la imposición del dominio y de la obediencia.  Puesto que la dificultad para conseguir una pareja estable, en una pareja homosexual o de lesbianas, es mayor que entre los heterosexuales, si consideramos la carga de  prejuicios y rechazos sociales y familiares que estas uniones reciben, agravada por la hipocresía del Estado, la sociedad y del liderato nacional.

Prefieren estas uniones un modo especial de apropiación, y quieren poseer la libertad del otro sin que deje de ser libre, porque siente insuficiencia en la fidelidad, por el miedo a la soledad.  Desea ardientemente y sus esfuerzos por conservar la pareja, como una propiedad, son apasionados.  Así aparecen los celos que ponen al amante posesivo fuera de sí.

Irrita la relación del celoso con su objeto, molesta la intranquilidad celosa que convierte esta unión de hecho en un trato de propiedad, donde la conquista amorosa se vuelve invasión y ocupación, y sin ninguna garantía que dignifique el enlace.

Sustenta sus celos, el amante posesivo, en la desconfianza y en el duelo que le provocaría perder la posesión o su propiedad.  Siente pánico por la soledad, pero, si se agrega la sospecha de que la propiedad puede pasar a ser posesión de otro u otra, de que su amor, por ende, le ha sido quitado por alguien que lo ha seducido, entonces, ese miedo se torna en agresión.

 

Examinemos y prestemos atención a la violencia domestica sin prejuicios ni hipocresías, como lo que es, una demanda política, y la más salvaje manifestación humana de poder directo.  Dejemos de darles razones y motivos a quienes agreden y concentremos los esfuerzos en evitar el aislamiento de las personas en riesgo, diseñando redes de apoyo en las familias, las escuelas, las universidades, centros de trabajo, iglesias y en las organizaciones sociales.

Reforcemos colectivamente la autoestima de las personas a fin de restituir en los amenazados los valores de su propia eficacia, para resistir y rebelarse contra la sumisión, el acorralamiento social, familiar y del hogar.  Pero, y sobre todo, vencer el auto desprecio por la vergüenza y la culpabilidad que dejan como secuela, estas uniones traumáticas.

 

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