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Visiones sobre El Caribe: Una apuesta teórica para entenderlo

El Caribe siempre ha entrañado un reto conceptual, una incalculable heterogeneidad de elementos constitutivos difícil de aprehender…. Importa notar, sin embargo, que esa profunda anomalía adquiere un valor epistémico muy particular a partir de la primera mitad del siglo veinte. La obra de Fanon, Césaire, Guillén….entre otros, suelen ser los hitos más reconocibles. Sincretismo, transculturación, créolité, negritud y otras categorías análogas iniciaron componiendo todo un legado conceptual que eventualmente condujo a un examen más profundo de la propia filosofía continental y sus proclamaciones universales.  En las décadas subsiguientes se observan otros deslindes inscritos ya sea en lo posmoderno, lo poscolonial, u otros paradigmas cautivados  por la hibridez, mimicry, détour o performance que motivan gran parte de los estudios más recientes sobre El Caribe, al igual que sobre la cultura mundial. Román de la Campa, El Caribe y su apuesta teórica.  

Este ensayo del profesor investigador Román de la Campa, de la Universidad de Pennsylvania, es novedoso, muy novedoso, y sobre todo más que interesante. Intenta ofrecer una apuesta teórica para entender El Caribe de cara al siglo XXI.  Partiendo de las diferentes interpretaciones elaborados en el siglo XX, de la Campa propone revisitar este archipiélago inverosímil de razas y lenguas, desde una perspectiva distinta, crítica, en la que se deben evaluar los aspectos negativos y positivos, de  las diferentes visiones nacidas, algunas de las cuales surgieron al calor de realidades coyunturales muy particulares.

Parte de la noción planteada por Antonio Benítez Rojo de que era, y es todavía necesario pensar al Caribe de cierta manera, pero, asegura, la propuesta de Benítez si bien constituye un gran aporte, ofrece una nueva perspectiva, no deja de ser imprecisa, por lo que propone que la impostergable necesidad de la celebración de debates a fin de exigir mayores precisiones conceptuales.  Enarbola la necesidad de “reexaminar la constitución del sujeto a partir de una cartografía inédita de economías, multitudes, migraciones y diásporas generalizadas, toda una gama de temas desafiantes que hoy se abordan desde códigos epistémicos que se saben inestables. Tal vez podría ser,  sigue afirmando el intelectual, la característica fundamental del pensamiento teórico durante las últimas décadas, el desafío de una profunda y fascinante intermediación en cuanto al saber.”

Acto seguido el autor hace una reflexión sobre los grandes acontecimientos que hicieron modificar y transformar paradigmas en todo el mundo: la caída del muro de Berlín y la disolución del socialismo oficial, la crisis del capitalismo financiero a finales del siglo XX y principios del nuevo siglo, y, por último, el cuestionamiento a la política y el uso y abuso del poder, que pone en evidencia la urgencia de crear y pensar en una nueva conceptualización de la ética del sujeto inserto en la vorágine invencible de la globalización.  Tenemos que replantearnos la comprensión del Caribe, preguntándonos cómo esos hechos “hablan al Caribe” y se pregunta con justa razón “¿Podrán los discursos de la nueva ética hablarle a una cultura correspondiente al impulso de los pueblos anulados que hoy oponen a lo universal de la transparencia, impuesto por occidente, una multiplicidad sorda de lo diverso?

Señala el autor que existe la creencia de que los cambios epistémicos y de paradigmas se producen únicamente en las capitales occidentales, negando, por lo tanto, la capacidad que tienen los pequeños países del resto del mundo a pensar.  Según esta posición, afirma, después que en las grandes ciudades se piensa, se desliza hacia el resto del mundo, como lo son América Latina y El Caribe. Yo pregunto entonces ¿Será cierto?

Esta visión unilateral y poco dialéctica, relega a la cultura caribeña a un plano secundario de significación, “como si esto fuera un rasgo inherente, y por ende, esencial, de las sociedades cuya modernidad ha quedado trunca o expuesta a un ciclo improductivo de luchas y revoluciones, en las artes y en la política… “Lo peor de todo, sigue diciendo el autor es que si se piensa el Caribe como un fluir constante “de capital simbólico, la dicotomía autóctono-foráneo adolece, o cede a un pensar más enriquecedor sobre el hacer y el pensar, quizás transformándose… en una de esas densidades tercas donde las repeticiones tejen para nosotros un continuo descubrimiento…”

¿Entonces? ¿Cuál es o debería ser el papel que juegan los intelectuales caribeños? ¿Seguir reivindicando la identidad cultural ancestral, cuando a todas luces ha sufrido cambios profundos debido a la globalización y a la democratización de la tecnología?  Ante estas dos preguntas, el autor problematiza aún más todavía, pues hablar, por ejemplo, de literatura caribeña, no significa una exclusividad geográfica y local, pues la diáspora caribeña ha obligado a repensar la territorialidad y la identidad, a tal punto, de “complejizar la propia cartografía de la nación o región.”

Después de ver estos planteamientos, el autor propone un verdadero examen de los nuevos deslindes impuestos por la realidad, para lo cual considera que debe partirse del discurso teórico caribeño, inspirado en dos autores: Antonio Benítez Rojo y su obra “La isla que se repite” y el Discurso antillano, de Edouard Glissant, que constituyen los dos ensayos más ambiciosos de mitad del siglo XX y que constituyen la primera tentativa de entender El Caribe en toda su amplitud y todo su alcance.  Propone una aproximación al lenguaje desde un marco conceptual que trascienda el literario y lingüístico, para poder acercarnos a la “musicalidad no como algo esencial de los países del mar o islas predispuestas al polirritmo sino como experiencia  verbal, plural y colectiva, toda una gramática de la errancia.”

Interesante ¿no?  Yo concluyo que mientras más me adentro a conocer El Caribe, menos lo conozco, y nuevas interrogantes nacen de la mente de esta mujer que se apasiona con los nuevos conocimientos. Nos vemos en la próxima.

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