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Vivir sin plátanos

Si en el video no hubiesen aparecido rasgos distintivos de la identidad corporativa de un supermercado dominicano, habría jurado que la escena tenía lugar en un país con una gran hambruna, lleno de seres humanos postrados por una profunda escasez de comestibles.

Un carrito abarrotado de plátanos, responsables del mangú, los tostones, el mofongo y del toque sólido al sancocho del dominicano, fue asaltado por un grupo de compradores, especialmente amas de casa que no conciben la vida sin esa musácea, sobre la cual se han construido mitos que la definen como elemento causal de embrutecimiento y poder.

Las imágenes circulan profusamente en las redes sociales y nos revelan tres situaciones básicas: la inseguridad alimentaria es insospechadamente más profunda de lo que creemos; el país no ha sido educado para alimentarse adecuadamente y estamos asentados como país en el traspatio de la civilización.

Una vez más apelo al pensamiento de José Ramón López, pensador puertoplateño y representante más genuino del pesimismo dominicano: Detrás de toda civilización hay una gran cocina. Y por eso advertía (la interpretación es con palabras mías) que una botella de café y una batata asada como única comida del día sólo contribuye a crear una chusma incivil marioneta de los políticos.

Esa obsesión por el plátano y su consecuente inestabilidad emocional en los consumidores, que lo demandan con ciertos niveles de adicción, confirma que República Dominicana es una nación sin cocina o más bien un conglomerado social movido por “la chapea”, “el chao” y  “el hervío.”  Demos la razón a José Ramón López. Esta no será una nación mientras sea negado el derecho a la buena alimentación.

Al parecer, sin plátanos, arroz ni pan es preferible que entre el mar con furor arrasante. La incapacidad de sustituir alimentos es impresionante. La escuela sólo nos presenta una manida pirámide alimenticia que memorizamos para repetir como un saber codificado, pero no nos capacita para alimentarnos como entes civilizados. Esta falencia cobra mayores niveles de gravedad en una economía altamente costosa, en la que combinar nutrientes en forma adecuada resulta un privilegio de pocos.

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