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Voces a silenciar

Siempre trato de ver y oír a Edith Febles y a Marino Zapete en El Despertador.

Muchas veces al escucharlos recuerdo a Orlando y me asalta la idea de la recurrencia desde el poder al crimen de estado para acallar voces tan altas; en medio  de acosos y despliegues de intolerancias y terror, que procuran censuras categóricas, ahora desde modernas dictaduras.

Los tiempos han cambiado, pero no necesariamente para mejor en todos los aspectos. Recordemos también lo de Narcisazo, y eran otras las condiciones del gobierno de los diez años de Balaguer.

Entramos ya al ocaso de un ciclo contrarrevolucionario que fue impuesto por la brutal intervención de EE.UU y ha durado medio siglo; periodo peligroso en el que el engendro se descompone y endurece, degradándose y convirtiéndose en  una lumpen dictadura tutelada por una lumpen burguesía local y transnacional.

Ahora, después de lo ocurrido en la casa de Marino,  mis preocupaciones se potencian. Porque Marino Zapete  -con su estilo propio, diferente al de Orlando y por TV- juega un papel parecido al que le tocó a Microscopio en aquellos tiempos; ambos en medio de regímenes políticos decadentes y podridos,  afectados por crisis integrales de alto calibre.

Orlando fue un intelectual del periodismo escrito realmente profundo, radical  e intrépido. Marino es un volcán de la verdad hablada. Por medios distintos, los dos han tocado  el fondo de clase de los problemas de sus respectivas épocas,  no han conciliado con el delito de estado y decidieron  asumir la defensa de los/as desvalidos/as, sin condiciones. La clase capitalista, la partidocracia y el imperio no tienen escapatoria en sus análisis.

Los dos no han conocido la palabra miedo y si le hubiera llegado al corazón adquirieron el antídoto que la repele.

Realidades como éstas determinan la intensidad criminal de fuerzas contrarias desenmascaradas por sus denuncias y sus críticas cotidianas; al compás de lentes, timbres y jarabes.

Es difícil aceptar que la violenta penetración  a la residencia de Marino pueda ser obra de ladronzuelos, solo para llevarse su computadora; y más aun  aceptar como  idónea una investigación realizada por órganos policiales y estatales que han dado inequívocas señales de contubernio con la criminalidad imperante; objetos de espeluznantes denuncias, no pocas de ellas vertidas por El Despertador y El Jarabe.

A Marino -solidario como el que más con este pueblo- solo puede salvarlo el pueblo, acorralando y derrotando la saña que procura convertirse en crimen. Ahora se puede. No perdamos tiempo: rodeémoslo de un inmenso cordón solidario.

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