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Volver una y otra vez al Perú

Por Juan Bolívar Díaz

Como los dominicanos sólo miramos hacia el norte, una alta proporción de los que viajan se han perdido el disfrute de los encantos de este inmenso país que es el Perú, centro de una de las culturas emblemáticas de América. Resulta imperdonable no ir al Cusco para escalar las alturas de Machu Pichu y sentir las inevitables vibraciones de ese templo celestial, rodeado de picos casi inaccesibles, lo que explica que pasaran más de 4 siglos tras la despiadada colonización para que fuera descubierto ese refugio incaico, patrimonio de la humanidad.

Llegar por avión a Lima, la ciudad donde nunca llueve, es una experiencia casi traumática. En dirección norte sur, una gruesa alfombra de nubes que no se condensan cubre el espacio hasta bajísimas alturas. Por encima brilla el sol y una vez se traspasa penetra la nublazón casi se está aterrizando y lo que se puede divisar es un entorno plomizo montañoso y desértico apenas con algunos puñaditos de verde. Y gran pobreza de casucha y hacinamiento. Muchos se asustan pensando que han equivocado el rumbo.

Con casi 9 millones de habitantes, Lima es tan diversa como todo el Perú que integra 30 millones de personas en tres conglomerados, el de la costa, la sierra andina y la selva amazónica, con una extensión territorial de más de millón y medio de kilómetros cuadrados donde cabe 32 veces la República Dominicana. Su extensa zona colonial es un legado de palacios, de plazas y balcones esplendorosos.

Pero Lima es hoy una ciudad cosmopolita, con extensas barriadas populares, expresión indiscutible de la exclusión y la desigualdad social, donde se hacina la mayoría, pero también con múltiples urbanizaciones de la modernidad, que concentran  tres o cuatro millones de los estratos de clase media. La ciudad se transformó en las últimas tres décadas, y mejoró absolutamente la limpieza y el ornato, sin una sola basura visible, con sus plazas y múltiples parques esplendoroso. El tráfico vehicular es   lento en las horas pico, pero se siente el esfuerzo por agilizarlo.

El mayor encanto de la urbe son los hermosos seres humanos que son los limeños y limeñas, y lo más difícil es el clima extremadamente húmedo todo el año, donde sólo el verano (diciembre-marzo) escapa a la sensación de bosque gris a punto de romper el techo nuboso que desparrama nieblas y tristeza, complicado por la sombra de la inmensa pared de Los Andes sobre la que se recuesta.

Al volver al Perú cualquiera se queda con la pena de no disponer de tiempo para sumergirse en las profundidades de la geografía que fuera centro de la cultura incaica, pero se admira de que estén mejorando su organización social, aunque arrastran la iniquidad e inequidad de la concentrada distribución de la riqueza. Con muchos años de continuo crecimiento económico, líder en exportaciones mineras, por 23 mil millones de dólares en el 2013, un 55 por ciento del total exportado, ascendente a 41 mil 800 millones de dólares, con China como principal socio comercial.

Llama la atención que Perú tiene una extraña institucionalidad, sin partidos políticos dominantes, donde nunca se sabe quién será el próximo presidente. Ahora mencionan hasta a Gastón Acurio, el chef de 47 años que ha universalizado el prestigio de la comida peruana con sus redes de restaurantes en una decena de países.  De su pasado sólo quedan rastros del legendario Apra que para la última elección no pudo ponerse de acuerdo en seleccionar candidatos. El presidente Humala es fruto de uno de los múltiples movimientos creados en torno a personalidades sin ideología ni programas definidos, una repetición de Fujimori y Toledo, el primero prisionero condenado y el segundo bajo investigación judicial, al igual que el anterior mandatario, Alan García.

La desconcentración de los ingresos tributarios, gracias al canon minero, ha horizontalizado la administración pública, pero también multiplicado la corrupción, aunque hay decenas de procesos incoados por una justicia que no se ha detenido ni ante los ex presidentes, y los principales medios de comunicación la denuncian con vigor.

Más allá de las nostalgias y la tristeza del imperio incaico, volver a Lima es siempre una nueva y agradable experiencia.-

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