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Wikileaks

Nada que no sepamos.

Nada que no hayamos visto o escuchado.

Nada que nos sorprenda o no espante.

Nada que nos llene de indignación y coraje.

Nada que nos haga apretar los puños y mordernos los labios.

Nada que nos avergüence más de lo que estamos avergonzados.

Nada que nos haga salir a las calles para expresar la rabia que nos embarga.

Este país se ha pasado los últimos seis años viendo un escándalo de corrupción sustituyendo al otro sin que nada pase, sin que nadie sea sometido a la justicia, sin que nadie termine en la cárcel.

La complicidad garantiza la impunidad.

El silencio sepulta la culpa de los culpables.

Seguirán apareciendo casos de extorsión, chantaje, narcotráfico, crímenes y delitos de toda clase, sin que los involucrados sean investigados, para limpiar sus nombres, o para llevarlos al banquillo de los acusados.

El silencio será cómplice en unos casos, y en otros, la defensa mediática de una parte de la gran prensa y de los “líderes de opinión”, comprometidos con la corrupción de la cual son altamente beneficiados, se hará sentir en los medios de comunicación diciendo que todo es mentira, que se trata de una campaña para desacreditar a personas de honras bien ganadas. (No dudo que aparezca alguien culpando a Hipólito Mejía de la divulgación de las notas de Wikileaks).

Y mientras eso ocurre, seguirán apareciendo documentos citando casos de corrupción, chantaje, extorsión y crímenes.

Y seguirá la complicidad social, económica y política.

Seguirá el robo de los recursos del Estado.

Seguirá el narcotráfico arropándonos a todos con su manto siniestro de crímenes y delitos.

Y seguirá un escándalo de corrupción sustituyendo al otro.

Ya estamos acostumbrados.

Es el pan nuestro de cada día, algunas veces bendecido por una que otra sotana.

La Torre Atiemar debió derribar muchas torres en el gobierno.

Solano, contratista del Estado con más de cinco mil millones de dólares en obras, deportado y condenado por tráfico de drogas, debió provocar una reacción social de tal magnitud que derrumbara, si era preciso, el gobierno. Lo mismo que el caso de los hermanos Benítez.

El control y corrupción de todos los poderes del Estado, incluyendo los poderes mediáticos, forma parte de una política cuidadosamente diseñada para garantizar la impunidad de los que, desde el poder, o protegidos por el poder, han convertido este país en una pocilga.

Y mientras Wikileaks despierta el morbo de los que esperan más, el Presidente de la República, en una frenética campaña reeleccionista, distribuye mil 250 millones de pesos en canastas navideñas para los pobres que genera su propio gobierno, como si nada estuviera pasando.

Al contrario, llama a los implicados por Wikileaks para reiterarles su amistad y solidaridad, en vez de expresar preocupación y ordenar una investigación.

La carrosa fúnebre del país sigue su rumbo conducida por el varón del cementerio que habita en el Palacio Nacional. Todos estamos invitados al sepelio.

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