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Xenofobia, racismo, homofobia y machismo

Xenofobia, racismo, homofobia y machismo
Rosario Espinal

Que Jair Bolsonaro obtuviera 47% de los votos en la primera vuelta de las elecciones de Brasil tiene a los analistas opinando sobre las causas. Unos culpan al Partido de los Trabajadores (PT) y su corrupción, otros a la derecha empresarial que derrumbó al PT y ha gestado el caos actual.

Al igual que algunos de sus pares en otros países, Bolsonaro ha arremetido contra quien no le gusta, o contra quien él piensa un amplio segmento de la ciudadanía rechaza.

Busca votos presidenciales de la nada (cambió de partido este año), y para obtenerlos, tiene que ser estridente y excéntrico; y no hay forma más fácil de serlo que atacando o ridiculizando a las personas más vulnerables, de menor poder, o más discriminadas.

Siempre es fácil decir que la gente no es xenófoba, ni racista, ni homofóbica, ni machista. Incluso, la mayoría de la gente no se reconoce a sí misma como tal. Pero cuando se aprietan esos botones en la política, aparece un amplio segmento de la ciudadanía que se suma a tales discursos y propuestas. ¿Son o no?

¡Sí, lo son! Lo que sucede es que esos temas discriminatorios no siempre se presentan con estridencia para ganar elecciones. Hay otros que con frecuencia dominan las campañas: pobreza, desempleo, inflación, impuestos, programas sociales. Pero cuando estos temas no son suficientes para concitar atención y muchos votos, algunos candidatos recurren a los discursos discriminatorios, que siempre concitarán apoyo porque apelan a la parte siniestra de los seres humanos.

¿Es posible ser migrante y xenófobo? ¡Sí! ¿Es posible ser negro y racista? ¡Sí! ¿Es posible ser gay y homofóbico? ¡Sí! ¿Es posible ser mujer y machista? ¡Sí! Por eso, decir que muchos negros votaron por Bolsonaro no quita que sus mensajes sean racistas. Por eso, decir que muchas mujeres votaron por Bolsonaro no quita que él sea machista.

La forma más perversa de ser xenófobo, racista, homofóbico o machista es diciendo que no se es, porque para enfrentar esos demonios internos, el primer paso es aceptar que se es. Lamentablemente, es más fácil serlo que no serlo, porque es más fácil hundir al más débil que enfrentarse a los prejuicios propios.

Cuando hay grandes vacíos de poder, cuando un candidato presidencial carece de un partido fuerte, se aferra a sus propias aberraciones, y explota las aberraciones de un amplio segmento de la ciudadanía en su intento por llegar al poder. La historia tiene suficientes ejemplos.

Los brasileños no son más xenófobos, ni más racistas, ni más homofóbicos, ni más machistas que otros pueblos. Son igualmente.

Cuando en la República Dominicana colapse lo que queda del sistema de partidos, el discurso con mayores posibilidades de recepción no es el de igualdad y justicia; es el xenófobo, racista, homofóbico y machista que impulsará la ultraderecha. ¡Ya lo verán!

El discurso xenófobo y racista engrampará bien con el anti-haitianismo (igual que en otros países engrampa con los movimientos antinmigración), y el discurso homofóbico y machista engrampará bien con el fundamentalismo religioso que crece aceleradamente aquí, en Brasil, en otras partes de América Latina y el Caribe, y del mundo.

La historia de los pueblos no es lineal con conquista de derechos, igualdad y justicia. ¡Lamentablemente no! La historia es pendular. A veces se avanza y a veces se retrocede. Hay que hacer grandes esfuerzos para preservar los avances y evitar los retrocesos; y con frecuencia, las sociedades fracasan en ese intento.

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